Cosas Raras 1: Cruzando la frontera de Emiratos

Muchas veces cuando vuelvo a España me doy cuenta de que vivo en otro mundo, aunque esté en el mismo planeta. No se trata solo de que cuando llego me dan ganas de besar el suelo al estilo papal. Ni de que de pronto redescubro la definición de “bonito”, en tanto que el paisaje, las calles, la arquitectura y el ambiente en general tienen una armonía de la que carece en su mayor parte las ciudades de Arabia Saudí. Tampoco de que la libertad con que se vive en Europa y la oferta cultural y de ocio me sobrepasa tras meses de trabajar, ir al gimnasio y a casa. Ni siquiera de que cuando estoy en la sala de espera del aeropuerto para volver me abrace compulsivamente a la primera columna que encuentro hasta que un señor muy amable de verde me dice “caballero, suelte a la columna y no haga movimientos súbitos. Hala, váyase a su avión”.

No, se trata de que aquí pasan cosas raras. Por eso, y para vuestro disfrute, he decido hacer una serie de posts de las situaciones peculiares que he vivido en esta zona y que en gran parte me han servido de lección o de experiencia (que como todos sabéis, es lo que obtienes cuando no obtienes lo que quieres).

  • Cruzar las fronteras entre Arabia y Emiratos:

Para poder salir de Arabia en coche es necesario llevar dos papeles:

  • Uno para ti, que se llama multientry visa. Dado que aquí no se puede entrar como en la mayoría de los países, con una visa de visita, cuando entras con un visado de trabajo lo normal es que no salgas más de una vez cada año de vacaciones, para lo cual se obtiene una single entry visa que te permite salir y volver a entrar. Para aquellos que tenemos que salir de vez en cuando para la conservación de la salud mental y/o por trabajo, existe la multientry, que cuesta 500 SAR (unos 130 € al cambio, aprox) y te permite salir y entrar cuando quieras. Pero necesitas que la renueve tu departamento de RR. HH. Y eso a veces plantea problemas. Se les olvida, vamos. Y a ti te dan la vuelta. Me ha pasado 1 vez.
  • Uno para el coche, que se llama tafweed. El tafweed permite que saques un coche que no es de tu propiedad del país, y depende de que el registro del coche esté al día (seguro y permiso de circulación) y de que tú estés en posesión de una multientry. Se puede hacer para un país específico ó para todo el GCC, y si te permite ir a, por ejemplo Bahrain, y te vas a Emiratos Árabes, te dan la vuelta. En realidad, le dan la vuelta al coche, no a ti. Así que puedes darte la vuelta y volverte a casa (600 km a Riad, 450 a Dammam) y deprimirte o habibi help.

 

Habibi help quiere decir pedir ayuda a los locales, autostop de toda la vida, pero con habibis. Esto plantea una serie de interesantes diferencias frente al autostop tradicional. Si, como un servidor, tienes tanta pinta de árabe que cuando dices que eres español te miran con complicidad y te preguntan de nuevo “Si, Si, pero de dónde eres originariamente? De dónde son tus padres? Pakistán? Siria? Líbano, Jordania?”,  entonces el racismo árabe juega contra ti, pues nadie quiere llevar a un pakistaní en su coche. Esto es debido a que muchos de ellos tienen diferentes costumbres respecto de la higiene, y es difícil conducir cuando te desmayas. No quiero que me malentendáis, son magníficas personas y yo he llevado a dos en mi coche, uno tenía mucho que contar y me entretuvo durante los 300 km que le llevé. Pero tuve que mantener las 4 ventanillas bajadas todo el camino, y parar en la primera gasolinera para comprar un pallet de sprays de olor para el coche.

Total, que las 3 veces que me han hecho mal el tafweed ó que me lo habían dado expirado los locales me miraban con desconfianza hasta que les explicaba que era español y se ofrecían encantados a llevarme.

El primero era un saudita de limitada inteligencia que ocupaba sus días en “pueeees mi tío me da un coche con matrícula de Qatar en Dammam y yo llevo el coche a Omán y ahí me dan dinero y otro coche y se lo traigo a mi tío”. Este amable colega con pinta de contrabandista ignorante de su propia condición no solamente me llevó, sino que justo al pasar la frontera me preguntó si sabía llevar un coche de marchas, me cambió el sitio y, con los pies sobre el salpicadero empezó a ponerme escenas de pornografía en su teléfono para mantenerme despierto. Hay que reconocer que el método es, si bien poco ortodoxo, efectivo.

La segunda vez viajé con un pakistaní extraordinariamente amable que, tras limpiar el asiento del pasajero de patatas fritas, migas, medio shawarma, pañuelos de papel, papeles varios y un gato, me invitó a sentarme y que me contó cómo su tío, un granjero de un pueblo cerca de Karachi, había tenido problemas con su tercera esposa porque sólo le daba niñas, entre otras muchas historias.

Y la tercera conocí a un libanés muy majo que estaba exportando su coche desde Qatar a Emiratos porque se iba a vivir cerca de su novia, aunque en realidad no era su novia oficial porque su familia no había dado el visto bueno y entonces aún no podían casarse pero que en realidad él no quería casarse porque era joven, por mucho que sus padres le dijeran que a los 30 años ellos ya tenían 4 hijos y que se estaba convirtiendo en un viejo solterón aunque a él le daba igual porque era muy feliz. Y muchas más historias, porque tardamos 3 horas en aprender el procedimiento para exportar un coche, convencer al aduanero de que lo inspeccionara a pesar de estar cerrado, convencer a su compañero de que se despertara e hiciera los papeles, y otras 3 en llegar. Pero ahora sé lo que hay que hacer para exportar un coche qatarí a emiratos J.

En este control fronterizo ya me conocen como “el español”, y he tenido tantos problemas y he pasado tantas horas allí que me han ofrecido trabajo, me han invitado a comer (nunca había probado la sopa de camello beduina de la madre de un aduanero, está buenísima, y las albóndigas de camello también, aunque las minipizzas estaban muy insípidas), he hecho amigos y ya tengo relación personal con dos de los jefes de servicio del lado emiratí (son unos payasos, cada vez que me ven se echan las manos a la cabeza y me dicen que no, que vuelva mañana que ellos no están), he tenido accidentes de tráfico, y sin duda ha sido uno de los puntos donde más árabe he aprendido, porque obviamente la gente de aduanas no necesita hablar inglés. Pa qué.

He tenido intercambios verbales exaltados con un conductor que pretendía colarse y cuando me he colado, y con algunos de los inspectores que revisan el coche en Arabia he llegado a estar 40 minutos comentando el último partido del Madrid o del Barça, proeza de la que me siento particularmente orgulloso porque no los había visto.

He tomado más té en la frontera que en la oficina, aunque la palma se la llevó el día que el conductor de al lado, tras media hora de cháchara esperando a pasar uno de los controles, me invitó a un té que había hecho en la tetera que llevaba conectada al mechero del coche. No lo había pensado, pero tras escribir todo esto, creo que la frontera de Batha – Al Gwaifat es realmente una parte importante de mi vida aquí.  Khaled, uno de los jefes de servicio, me ha dicho que le invite a mi boda cuando me case. Quizás lo haga.

Y a vosotros, queridos lectores? Os han pasado cosas raras cruzando fronteras?

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Capítulo XVIII – Indonesia y Singapur

En el mundo árabe en general y en el Golfo en particular, como os podréis imaginar, no se celebran las vacaciones cristianas. Dependiendo del país en que vivas, podréis ver desde algún árbol de navidad en los centros comerciales, grandes hipermercados y hoteles, hasta nada en absoluto. Es fácil que en Diciembre al expatriado occidental se le una cierta melancolía a la obvia morriña de la época, por la falta de estas decoraciones y del “espíritu navideño”. De la semana Santa, mucho menos afectada por la globalización y el consumismo y el marketing, para qué vamos a hablar. A modo de ejemplo, yo me enteré de que estábamos en Semana Santa el día de Jueves Santo.

No obstante, la religión islámica tiene también dos grandes celebraciones que incluyen vacaciones. La primera de ellas es la conocida como Eid Al Fitr, que se celebra el último día del mes de Ramadán (el mes del ayuno) y, al igual que la fecha exacta de este, cambia cada año debido a la diferencia entre el calendario solar y el lunar que ellos utilizan. Lo normal es que cada país decida un número de días de fiesta entre 3 y 5, y que para el funcionariado sea más. La otra gran celebración es la fiesta del cordero o Eid Al-Adha, también conocido como Hajj Eid puesto que es el momento para hacer la peregrinación o Hajj que todo musulmán debe hacer al menos una vez en la vida a la Meca. Yo las asimilo a Navidades (la primera) y a Semana Santa (la segunda). Pero eso son cosas mías.

Pues bien, durante el Eid de este año yo tenía 4 días libres, y eso está claro que hay que aprovecharlo. Así que organicé un viaje a Indonesia y Singapur, y aquí está la historia.

Este es un viaje que yo tenía en mente desde hace bastante tiempo, desde que mi compañero de mesa me dijo que se iba a Jakarta hace ahora casi dos años; aunque durante la primera fase de la preparación pensamos en ir a Indonesia ó Filipinas ó Kazajstan ó Uzbekistan ó Tajikistan, ó Turquía, ó Irán, incluso hasta Korea y Japón. 100% claro desde el principio, como veis. Al final la decisión fue Indonesia, sólo las islas de Java y Bali, y visita express a Singapur. Y menos mal, porque fue un tute con muchas menos horas de sueño, muchas más sorpresas y muchas más risas de lo planeado.

Yo salí del paraíso en el vuelo de Air Arabia de las 19.55 tras haberme peleado con el indio encargado de hacer los check-in y sin conseguir ni que me facturara la maleta hasta Jakarta ni que, obviamente, me diera las tarjetas de embarque para Colombo y el destino final. “tienes tiempo de sobra de pasar las aduanas, coger la maleta, salir y volver a entrar, me dijo”. Claro, durante el primer día de vacaciones de todo el golfo y con medio Dubai tratando de salir mientras el otro medio trataba de entrar. Al final una combinación de maravillosas azafatas y personal de tránsito solucionó el problema y pude dirigirme a recoger a mis chicas. Pero el hombre propone y en este caso un macilento y cabreado funcionario de aduanas emiratí disponen, y dispuso que Habibti no podía viajar con nosotros por un detalle técnico que tuvo que resolver durante los dos días siguientes antes de reincorporarse a nosotros en Jakarta. Dos días llenos de tensión, de nervios y de un poco de mosqueo con la siempre eficiente administración que por suerte terminaron bien y nos permitieron recogerla con 48h de retraso en el aeropuerto Soekarno Hatta International con tres radiantes sonrisas. Durante esos dos días la niña Dubai, el Gallego y un servidor nos dedicamos a preparar el transporte para Yogyakarta, algo no tan sencillo si se piensa en lo que es Indonesia.

Indonesia es un país archipielágico compuesto de 13.500 Islas, siendo las principales Sumatra, Kalimantan, Sulawesi, Papúa (solo media Isla), Java y Bali; y unos 240 millones de personas. Tiene un PIB de aproximadamente 1 billón de dólares y aunque la mayor parte de la población se dedica a la agricultura, esta no está muy modernizada. Dispone de petróleo (es miembro de la OPEP) y dispone de numerosos recursos naturales, manufacturas y una industria en constante expansión. Además, también es el principal productor de Kopi Luwak del mundo, el café del que más tarde hablaré pero cuyo precio puede llegar hasta los 3000 USD/kg y 100 USD/taza. No solo eso, sino que Indonesia también es el país con mayor número de musulmanes del mundo (aprox. 80-85% de la población), y eso es mucha gente yéndose a su casa a celebrar el final de Ramadán con su familia al principio de las fiestas del Eid, coincidiendo perfectamente con nuestro viaje de Jakarta a Yogya.

Tras cruzar las puertas de embarque la niña Dubai y un servidor envueltos en las amargas lágrimas de la impotencia ante la maquinaria burrocrática, nos acomodamos en los asientos de Mihin Lanka, que sin ser banquetas, se alejaban considerablemente del lujo de Business en Emirates, como detallan los pequeños moratones de mis rodillas en lo tocante a distancia entre asiento y asiento. Salimos un par de horas tarde de Sarjah, justo el tiempo que teníamos para hacer el transbordo en Colombo. Por fortuna, el aparato era el mismo, así que contábamos con la seguridad de que sin nosotros no se iba. Tras varias vueltas por el aeropuerto de Colombo que incluyeron un cambio de puerta (yo tampoco lo entiendo), nos subimos a nuestro viejo amigo pidiendo por favor que nos dejaran cambiarnos a los asientos de salida de emergencia. Una sonriente azafata nos indicó que solo 40 personas viajábamos a Jakarta y que “el avión es vuestro”. Tras un ligero descuerdo acerca de la conveniencia de despertar a un pasajero para comer y casi 4 horas de reparador sueño, tomamos tierra en la Isla de Java a las 3, hora local, mientras por mi mente falta de cafeína pululaban imágenes de los caníbales y sus canoas que conocía por las novelas de mi infancia.

 

Reunidos con el Gallego y avisados los contactos locales nos fuimos con un amable taxista en un coche bastante decente hasta lo que iba a ser nuestra casa durante dos noches: el hotel Ibis Jakarta Arcadia. Tan bueno como cualquier otro Ibis y el baño más limpio hasta que llegamos a Nusa Dua, nos permitió tomar una ducha y adecentarnos tras casi 16 horas saltando de avión en avión en mi caso y casi 30 para otros. La noche fue gloriosa, como no podía ser de otra manera viniendo como veníamos de una zona conocida por su apego a las fiestas salvajes de té con cardamomo y postres hiperazucarados. Cenamos verduras locales en la terraza de un curioso edificio cuya planta 10 ejerce de suelo para una urbanización, piscina, gimnasio, y un par de torres más, y nos fuimos a una discoteca para una legendaria fiesta de 6 millones en la que no faltó ni un privado con camarero que te encendía los cigarrillos, ni una famosa modelo indonesia que celebraba allí una fiesta privada, ni los miembros de la alta sociedad de la ciudad. Acabó, como acaban todas las fiestas, bailando en una gogotera y hablando alemán con unos chicos de Copenhague que no daban crédito a lo que veían. A día de hoy sigo preguntándome por qué no hablamos en inglés, que es algo que sí entiendo.

Al día siguiente (sábado) nos fuimos, tras preguntar en el hotel, a la estación de trenes. El afable carácter indonesio nos demostró que cuando te timan, tienes que dejarte timar, porque casi nos pegamos con el taxista por el equivalente a 12 céntimos de euro. En la estación, unos amables funcionarios nos dijeron que no había tren para el día siguiente, ni para el otro, ni para el de después, así que nos despedimos del “cha-cha-cha”. Muy amablemente nos indicaron la localización de una estación de autobuses donde podríamos conseguir transporte, y hacia allí nos encaminamos en el tranvía. Sigo sudando de la experiencia. La estación de autobuses es peculiar, puesto que no hay una serie de mostradores de cada compañía sino casetillas a las que te llevan los pillos locales con la esperanza de ganarse una propina. Había toda la oferta que quisiéramos, por lo que nos relajamos y esperamos las noticias de Dubai mientras un taxista chino, geógrafo retirado y actualmente propietario de 5 taxis y que trabajaba un día por semana, nos fue contando sus experiencias vitales camino de la plaza Merdeka. Una generosa propina de 6 céntimos y medio de euro nos aseguró sus bendiciones para nosotros y nuestra familia, mientras el Director Financiero de la comitiva lo aprobaba y la Contable nos miraba mal.

La plaza Merdeka ejerce de centro de la inabarcable ciudad que es Jakarta. Con una población cercana a los 28 millones de habitantes y una superficie de 4.400 km2, (poco menos que La Rioja), Merdeka se alza como un espacio amplio y vacío (a excepción del Monas, Monumen Nasional) de 1km2. Como ocurre en tantos otros países, la traducción del nombre de la plaza principal, Merdeka, es Libertad. El Monas, una torre de 132 m de altura coronada por una llama cubierta de pan de oro, contiene en su sótano un museo de la historia de Indonesia desde la prehistoria hasta la conquista holandesa y japonesa y su lucha por la libertad, bastante interesante, con gente tumbada por el suelo en busca del frescor del mármol (o como una declaración de igualdad universal de los indonesios ante el calor húmedo, no lo tengo muy claro), y niños correteando. Además, una de las entradas a la plaza incluye lo que creímos una exhibición del poderío de la policía de Jakarta y su parque automovilístico, aunque luego al verlas en movimiento hacia algún punto indeterminado de la ciudad nos cuestionamos esa opinión.

Merdeka El Monas

Buscando un sitio para comer nos topamos con el Museo Nacional de Indonesia, único imprescindible de la ciudad según la Lonely Planet y visita obligada en mi opinión. Disponen de una colección bastante buena que incluye estatuas budistas e hindúes, joyas, un sombrero genial, armas e instrumentos de música.

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Lo que a mí más me impresionó, no obstante, fue la canoa de los indígenas caníbales con la soñaba al bajar del avión, tal y como me la había imaginado durante las tardes en las que, en la cama con gripe o sarampión, leía las novelas de Emilio Salgari, Rudyard Kipling, Mark Twain, Julio Verne o Karl May.

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Salimos de allí con bastante más hambre y nos dedicamos a deambular por el barrio, que no tenía ni un restaurante. Vimos el palacio presidencial, donde creo honestamente que podría vivir; y acabamos en un hotel Milenium con mucha mejor pinta que la que en ese momento teníamos nosotros. No obstante, nos abrieron las puertas y la cocina y nos comimos un maravilloso Mie Goreng y un beef Stroganoff. El Míe Goreng es junto al Nasi Goreng uno de los platos más típicos de la gastronomía indonesia. Consiste en una mezcla de tallarines fritos con ajo, cebolla, gambas, pollo, tomate y verduras varias que dependen del sitio. En el caso del Nasi goreng, se cambian los tallarines por arroz. Todo ello regado con varias botellas de agua, pues estábamos deshidratados.

Desde ahí nos fuimos a uno de los múltiples centros comerciales del centro de la ciudad, que estaba cerca de nuestro hotel, a buscar una nueva tarjeta de teléfono indonesia. Ahí fue cuando recibimos confirmación de que Habibti había finalmente conseguido solucionar los problemas burocráticos, por lo que salimos y nos cogimos un taxi (haciendo previamente una para en H&M para regocijo de la niña Dubai y consternación del resto) hacia otra estación de autobuses que nos habían indicado podía tener un transporte mejor, pero que resultó un chasco pues era sólo para transporte dentro de la ciudad. Como estaba lloviendo, nos metimos en un centro comercial de aspecto más local a tomar un café. Un puesto, con aspecto altamente profesional, ofrecía masajes de pies por el módico precio de 12 céntimos de euro, y aunque nos sentimos tentados (la niña Dubai hasta hizo un numerito) al final decidimos que el café sería mejor. Terminamos el día ante una suculenta cena del hotel, estilo occidental, mientras negociábamos el precio del transporte para los 4 en coche privado, mucho más cómodo y (pensábamos) rápido.

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El sábado amaneció con calma, con desayuno de despedida para nuestros emprendedores amigos locales (podéis ver su empresa de consultoría de comercio exterior y agencia de ventas aquí) en el que les agradecimos toda su ayuda e indicaciones, y nos sentamos en el coche en el que, aunque aún no lo sabíamos, íbamos a pasar las siguientes 27 horas. El conductor, majísimo, sabía 3 ó 4 palabras en inglés, más otras 15 o 20 en árabe pues había trabajado en Jeddah, lo que nos salvó el pescuezo.

Pasamos por el aeropuerto a recoger a Habibti y con la confianza de que tardaríamos entre 8 y 10 horas, nos pusimos en camino. De las 3 paradas que hicimos en las siguientes 6 horas, ninguna reunía los requisitos mínimos de higiene para comer en ellos (no queremos ver cucarachas paseándose a escasos centímetros de los tallarines, perdón por ser pijos) y sólo el último tenía unos baños dignos de ese nombre (aunque a regañadientes), así que nos compramos unos crackers y unas barritas de pseudopan tostado con aroma de queso (no hay pan por esos lares) y sacamos el magnífico jamón ibérico que el gallego había traído y nos dimos un festín. El magnífico inglés de Oxford de la niña Dubai se reveló inútil a la hora de comunicarse, por lo que hubimos de sacar el inglés de batalla y mezclarlo con palabras árabes.

Una conversación que mantuvimos repetidamente sonaría así:
– Kam Kilo to Yogya? ( how many kilometers are there to Yogya?)
– ¿??? (ininteligible) tu handred (two hundred, durante las últimas 16 horas)
– Kam time?
– ????
– Hours, kam hours (haciendo el círculo sobre el reloj)
– fai time, fai time (Five hours) (durante las últimas 18 horas hasta las últimas 9, luego eran “tu time”
– When we now? (where are we now?)
– ¿???
– (empezamos a decir nombres de ciudades y nos vamos acercando según dice “khalass” (ya está) o “Baden”(después) ó “No no badén, no” ( no vamos a pasar por ahí)
– Ok, we toilet wa akal. Walla gud gud gud akal, eh? No gud gud, we go gud gud gud akal (we want a good restaurant with toilet). Before No gud. Now 3 gud, ok?

Acabamos en un Macdonalds a las 11 30 de la noche, en Cirebon, 8 horas y 239 km después de salir del aeropuerto, haciendo la primera comida “decente” desde el desayuno. 2 horas más tarde nos quedamos atascados en un monstruoso embotellamiento que nos retendría hasta el amanecer y en el que nuestro conductor empezó a dar signos de cansancio (se quedaba dormido al volante, pero como estábamos parados, no pasaba nada), así que le dije que durmiera y que mientras estuviéramos en el atasco, yo me encargaría del coche. Fue una experiencia rara cambiar las marchas con la mano izquierda, y casi tenemos que abandonar a su suerte a la mitad del grupo, que escogió para salir a dar una vuelta el momento en el que el tráfico empezaba a agilizarse (al amanecer), pero por fortuna volvimos a pararnos. Nuestro conductor cogió de nuevo las riendas del coche amparándose en que había dormido un rato (como una hora, máximo) y en que tenía chicles de menta.

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Podría parecer que un viaje de este tipo se haría insufriblemente largo, pero la verdad es que a mí me encantó, sin duda debido a que los 4 congeniamos muy bien y muy rápidamente. Nos pasamos todo el viaje haciendo bromas, riéndonos, contando historias y tonterías y aprovechando para ver el paisaje indonesio, exuberante en su verdor y para tomarnos una copita de extranjis. Al caer la noche empezamos a pasar por pueblecitos que celebraban el Eid, y vimos muchísimos fuegos artificiales, algo similar a nuestras procesiones pero que mezclaba la tradición china de los dragones con la islámica; cientos de fiestas, la gente bailando, cantando, riendo y tirando confeti blanco, y esa perspectiva única de la isla, junto con la confianza y el buen rollo que se generó en nosotros desde esa forzada ultraconvivencia, sin duda es algo por lo que mereció la pena que nos dolieran un poco las nalgas cuando (casi sin creerlo) llegamos a Yogya a las 3 de la tarde del domingo.

Llegamos francamente cansados, pero quien más quien menos había dormido algo, y una ducha reparadora tras la que yo negocié el precio del transporte del día siguiente (con el driver por teléfono y con su mujer, la que mandaba, en persona) desde el hotel hasta los templos de alrededor y al aeropuerto más tarde, decidimos ir a explorar la ciudad. La verdad es que nos esperábamos algo un poco más ciudad, menos pueblo, de lo que realmente es. No obstante, es muy bonita, tiene un barrio llamado “el matador” con figuras de toros en el asfalto, un palacio que estaba cerrado por ser ya las 4 30, y un hotel Garuda Inn en la calle comercial (Jalaan Malioboro) con una piscina preciosa, unas cervezas enormes y un Mie Goreng delicioso.

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La Jalaan Malioboro es una calle llena de puestecitos con todas las cosas imaginables, desde un centro comercial donde encontramos pan hasta la desesperación del hombre que espera mientras el sector femenino compra compulsivamente. Los precios, eso sí, son imbatibles, por lo que hace falta una auténtica profesional para que la tarjeta se resienta. Así que mientras el gallego y yo nos dedicamos a comprar las provisiones del día siguiente en un supermercado de verdad (los de la carretera se parecían más al ultramarinos del pueblo), las chicas se dedicaron a explorar la zona con ahínco. Mientras esperábamos en el punto convenido, un mexicano majísimo se acercó a nosotros para preguntarnos acerca del traslado a los templos. Le invitamos a venir con nosotros y aunque en ese momento parecía interesado, al final no cuajó. Aun así, nos lo encontramos en los dos templos al día siguiente. Tras la orgía de compras nos subimos a un ricksaw que nos dejó, ahora sí agotados, en el hotel a eso de las 9 de la noche, listos para levantarnos al día siguiente a las 4 y ver los dos principales centros de culto hindú y budista de la isla.

El café instantáneo que habíamos comprado el día anterior se ganó el sueldo al despertarnos ligeramente a las casi 5, y el driver, encantador y mucho más despierto que nosotros, nos informó con un sorprendente tacto de que no íbamos a ver el amanecer “debido a las nubes” y no a nuestro retraso. Empezamos por Borobudur, a decir de nuestros amigos de Jakarta y con toda la razón del mundo, mucho más impresionante.

El templo budista de Borobudur está formado por 9 niveles de piedra, los primeros 6 cuadrados y los últimos 3 circulares y está decorado con paneles que narran la historia de la zona y estatuas de las 6 representaciones de Buda que se pueden encontrar:
En los cuatro primeros niveles,
– Al Este, el Buda en contacto con la tierra (Palma hacia abajo en la rodilla)
– Al Sur, el Buda generoso que ofrece ayuda ( Palma hacia arriba en la rodilla)
– Al Oeste, el Buda meditativo ( palma hacia arriba en el regazo, junto a la otra)
– Al Norte, el Buda del coraje y la valentía ( palma extendida hacia adelante)
En los niveles superiores,
– En el quinto nivel, el Buda Maestro de la virtud y la razón (palma extendida con los dedos índice y pulgar tocándose)
– En el sexto, séptimo y octavo nivel, el buda que gira la rueda del Dharma, aunque en Nepal me habían explicado que es el que enseña el camino a la iluminación (con ambos brazos en el aire formando un ocho con los dedos índices y pulgares). Estos budas están dentro de unos Stupas perforados que rodean el gran stupa del último nivel

De acuerdo con nuestro guía, la arquitectura del templo del S. VIII – IX está diseñada de manera que los tres primeros niveles simbolizan el mundo de los deseos, con escalones bajos y muy fáciles de subir. A medida que se asciende en este camino de la iluminación, los escalones son más altos, representando la dificultad de alcanzar el mundo de las ideas, en el que se sienten los deseos pero se los mantiene bajo control en los niveles 4, 5 y 6. Si se sigue subiendo, se alcanza el mundo de la iluminación, donde las ataduras con el mundo corpóreo se ignoran y cuyos escalones algo más bajos simbolizan que si bien el camino es difícil, una vez llegado a ese nivel es más fácil progresar puesto que ya se tiene práctica. Al ser el camino de la perfección estos niveles son circulares, una representación de la perfección en prácticamente todas las culturas; que culmina con un Stupa, la representación budista de Buda formado por círculos macizos de piedra cada vez más pequeños que en este templo de la ascensión representa también la llegada al nirvana. Es un sitio encantador con corredores de piedra encajados como un tetris (no había argamasa) que el viajero no se debe perder.

Desde allí nos dirigimos a Prambanan, el templo hindú situado a una escasa hora y media en coche de Borobudur. Calculo que a la velocidad que íbamos eso deben ser unos 50 kms.

En Prambanan decidimos no contratar guía y aventurarnos por nuestra cuenta con ayuda de los paneles de información. Este complejo arquitectónico Hindú construido en el S. IX. Está dedicado a la trilogía de dioses más importantes del panteón de esa religión que cuenta con más de 2 millones de deidades: Shiva, Brahma y Vishnu, los dioses creador, preservador y destructor del mundo, respectivamente, y una serie de templos menores dedicados a sus transportes, el toro de Shiva, el cisne de Brahma y el águila de Vishnu, aunque me temo que solo recuerdo el nombre de esta última, Garuda. Como es habitual en estos templos, los grabados son increíbles, con un grado de detalle sorprendente, y se merecen horas de observación que lamentablemente no teníamos. Nos dimos un paseo por ellos y visitamos los templos más pequeños y apartados del complejo principal de los 6, y el museo del complejo que, honestamente, dice poco aunque cuenta con una maqueta bonita del complejo. Como en todo templo hindú que se precie, nos tuvimos que poner un sarong como muestra de respeto, y me quedé con ganas de comprármelo porque el diseño me encantó. La próxima vez será.

De allí nos fuimos a comer a un sitio típico donde seguramente el driver recibía una propina y donde comimos muy bien y barato un menú degustación que incluía arroz, tallarines, un pescado muy rico, una sopa de tomate, judías verdes poco cocidas (buenísimas). Cuando pedimos un café el camarero nos ofreció… Kopi Luwak! Por 5 USD la taza, cosa que inmediatamente aceptamos el Gallego y yo. Te puedes pensar que un café tan caro como el Kopi Luwak tiene que ser forzosamente algo extraordinario que haga que tus papilas gustativas lancen fuegos artificiales y que encienda tus receptores como bombillas, pero no. El kopi luwak es un café, con sabor a café, solo que está perfecto. Ni fuerte ni suave ni demasiado amargo, ni demasiado dulce ni demasiado nada. Simplemente perfecto. Delicioso. Y carísimo. Y, lamentablemente, nos encanta.

De acuerdo con las indicaciones del taxista, estábamos a 1 hora y media del aeropuerto, aunque esta vez el tráfico nos sorprendió positivamente y llegamos en media hora. Como aún quedaban 4 horas para el vuelo, le dijimos que nos llevara a otro templo y así lo hizo, uno pequeñito donde nos dimos un paseo y nos hicimos fotos con locales sorprendidas de ver a gente tan blanca. Se siente uno un poco como un famoso, solo que sin llegar a agobiarte, sonrisas tímidas y “please, sir, photo with you?

Llegamos al aeropuerto de Denpasar, capital de Bali a las 11 de la noche tras un vuelo que nos ayudó a cargar un poco las pilas, en una aerolínea que no conocía: Lion Air. Curiosamente, habíamos sacado el vuelo para otra, Tiger air, que quebró a los pocos días, en una muestra corporativa de la superioridad del rey de la selva frente a los gatos grandes con rayas. Como ya empezaba a ser rutinario, buscamos, negociamos y cerramos un acuerdo con un taxista que no puso el meter para que nos llevara a Ubud, uno de los sitios más apasionantes de Indonesia y capital cultural de la isla. Durante el viaje nos reímos muchísimo hablando con el taxista, un tipo extremadamente simpático hasta que nos intentó doblar el precio acordado, momento en que dejó de ser tan majo.

La entrada de nuestro hotel tenía más pinta de hostal chungo que de otra cosa, aunque con el sueño que teníamos nos daba igual. No obstante, el personal (una familia que vive allí se encarga de dirigirlo y organizarlos) es encantador y permitieron a la mitad zombi del grupo irse a dormir mientras rellenábamos los papeles. Supongo que por eso me preguntaron que si eran mis hijos, momento a partir del cual empezamos a llevarnos muy bien. Aproveché para regalarle un paquete de tabaco local que me había comprado para probar y que había decidido que era, sin ninguna duda, lo peor que había fumado en mi vida. Pero a ellos les gusta. La habitación nos sorprendió, pues no solamente está muy bien puesta sino que está limpia y es bonita. El resto del hotel también, como descubrimos a la mañana siguiente, con más luz y más ojos. Recomiendo encarecidamente el sitio, llamado Kutuh Tirta Arum Guesthouse.

Tal y como le habíamos comentado al dueño la noche anterior, nuestra idea era explorar la isla. Nos dijo que nos podía conseguir un driver por medio millón de rupias o así, o que nos podía alquilar unas motos por 50.000 (3 €) para todo el día. El gallego y yo nos sentíamos valientes, así que decidimos aprender a montar en moto. Con pasajeros. En Indonesia. Conduciendo por el carril contrario al que estamos acostumbrados. Y sin mapa. ¡Divertidísimo!

Salimos del hotel hacia las famosas terrazas de arroz, situadas a unos 20 minutos en este nuevo y versátil medio de transporte. Fue una sensación maravillosa sentarse en la moto en el agobiante calor y notar como poco a poco este se iba desvaneciendo con el viento. La temperatura (no muy alta, unos 32º) húmeda nos permitió no sentir ningún frío hasta últimas horas de la tarde mientras esquivábamos coches y motos con gran éxito, señoras mayores que cruzan la carretera con un éxito moderado; y cubos azules llenos de aguas residuales con menos éxito. La vista de las terrazas es espectacular, y hay un pequeño paseo turístico entre ellas que te permite descubrir que los peajes no son solo cosas de las autopistas europeas, sino que las agricultoras armadas con sombreros de hojas llevan practicándolo desde tiempos inmemoriales. Los restaurantes que te ofrecen comida con vistas en cómodos divanes para dos, son una alternativa maravillosa al sándwich de camino que te permite bromear con los camareros, conocer a turistas despistados y creerte por un rato que estás en una película de amor y lujos asiáticos. Y además tienen un Mie Goreng muy rico.

Tras pasear por las terrazas de arroz nos volvimos a subir a las motos y nos dirigimos al Tirta Empul Temple, el Templo del Agua del Sagrado Manantial. Este templo hindú del año 1000 es un lugar sagrado de los hindúes, que acuden en masa a realizar ritos de purificación que incluyen pegarse un baño en las fuentes. Por ello al entrar se ofrece un sarong al visitante que va poco cubierto y al religioso que desea tomar parte en los ritos. Es un templo alegre, con mucho turismo y donde los niños, que por muy hindúes que sean no dejan de ser niños, se lo pasan pipa pasando de chorro en chorro.

Una serie de carreteras desconcertantemente vacías y en diversos estados de mal mantenimiento nos dirigieron hacia el volcán Batur, un volcán activo cercano a Ubud, con una parada inesperada. Mientras recorríamos los “7 kilo (metres), 15 minute” durante más de 45 minutos, nos encontramos bordeando varias granjas de café, en una de las cuales paramos. Yo tenía toda la intención de llevarme un poco de Kopi Luwak, así que entramos en la granja y un amable agricultor nos enseñó el proceso de creación de ese maravilloso brebaje desde la plantación hasta la infusión. Por primera vez en mi vida vi una gineta, el animal encargado de “parte del proceso”, y ya que estábamos nos invitaron a una serie de tés y cafés para que probáramos toda la gama de la que disponían. En teoría la taza de kopi luwak de degustación había que pagarla, pero no por nada llevamos un tiempo en el golfo y hemos aprendido a regatear. El lemongrass tea estaba delicioso, así que me compré un poco junto con, obviamente, un paquete de café que pronto abriré.

El paisaje que se ve al llegar al Mt. Batur es impresionante por lo inhóspito. Aunque el volcán está activo, no olimos nada de azufre (buena señal), aunque la presencia de la montaña se hacía notar en el ambiente, que era, a falta de una palabra mejor, áspero, invitaba a irse. Lamentablemente ya estaba anocheciendo, así que no nos dio tiempo a hacer el trekking de 7 kms que tanto nos apetecía y hubo que dejarlo para mejor ocasión. Así que tras otra sesión de compras, esta vez de pareos; durante la que el gallego y yo nos quedamos extasiados con el paisaje y que al sector femenino le pareció mucho más interesante que ver el valle, emprendimos la vuelta pelados de frío por la altitud.

Uno pensaría que tras todo el día recorriendo la zona, nos habríamos hecho unos expertos en la geografía de Bali y sabríamos llegar en la estimada media hora hasta el hotel. 2 horas y media más tarde y gracias a un motero bigotudo con pinta de sonriente ángel del infierno entramos en el hotel, justo a tiempo para llegar una hora tarde a la cita con el driver que nos iba a llevar a Nusa Dua, al paraíso de la playa y la piscina con el que todo el mundo sueña al pensar en Bali. El dueño del hotel, que ya hemos mencionado que era muy majo, aprovechó la coyuntura de que el driver ya se había ido y de que podía sacarse unas rupias extra por un viaje de media hora larga para hacernos el favor de llevarnos hasta allí.

La sensación de entrar en un Meliá de 5***** después de andar todo el día en moto es muy parecida a la sensación de llegar al aeropuerto de Barajas desde Arabia Saudí: está limpio, huele bien, hay europeos y te dan ganas de abrazarte a las columnas. Lamentablemente, el restaurante no estuvo a la altura de las expectativas, pero las copas de después en la habitación sí. Esa noche y el día siguiente están en mi memoria como en una nebulosa, llenos de playa, dormir abundantemente, una cervecita, un masaje balinés de una hora que nos dejó en el limbo, perfumados y extremadamente relajados (habibti tenía una cara de haberse quedado frita muy semejante a la que debía tener yo), y un paseíto hasta un centro comercial en el que nos comimos una paella que no estaba nada mal, un chorizo criollo que me llenó los ojos de lágrimas (no es que fuera muy bueno, pero era lo último que esperaba encontrarme ahí), otra cervecita (San Miguel, una delicia) y nos permitió comprar un poco más de Kopi a un precio más razonable (parece que recalamos en una granja pastante pija).

Esa no fue noche de dormir mucho, pues a las 6.30 teníamos el vuelo a Singapur, por lo que a las 3.30 estábamos dándole la tabarra al del restaurante 24 horas para que nos preparara algo de desayunar tal y como habíamos dicho el día anterior. Ahí vivimos una mezcla extraña, entre la eficiencia de una cadena hotelera europea (que hizo que el recepcionista de guardia pusiera las cosas en marcha rápidamente) y la tranquilidad indonesia (el de la cocina estaba durmiendo aunque se le había avisado el día anterior). Un par de tostadas más tarde, nos pusimos en camino a Singapur, una ciudad sorprendente. Un dato curioso a tener en cuenta del aeropuerto de Bali es que hay que pagar las tasas aeroportuarias en efectivo, no se pagan al comprar el billete y son aproximadamente 10 €, unas 350.000 rupias indonesias.

Singapur es la versión pija (en el mejor de los sentidos) del sudeste asiático. Es una mezcla sorprendente de Malasia, India, China e Inglaterra, puesto que cuenta con su Little India y su Chinatown, la mayor parte de la población local tiene un aire malayo (aunque la población inmigrante es notable) y la organización y la fisionomía de la ciudad es típicamente británica, con sus iglesias protestantes, sus jardines, su club de cricket y de polo y su teatro. Un taxista encantador nos llevó al hotel mientras nos contaba un poco acerca del cuadragésimo noveno aniversario de la ciudad-estado, que se celebra a principios de Agosto y conmemora la independencia de Malasia; de los problemas de alojamiento que sufre la ciudad (la falta de espacio hace que sea todo carísimo), la belleza de los jardines botánicos y parques (Singapur es una ciudad muy consciente de que tiene poco sitio, por lo que cuida mucho el medio ambiente con medidas como un cuidadoso control del número de coches que pueden circular), de la importancia de visitar el zoo de la ciudad (quizás volvió a pensar que éramos una familia y no un grupo de amigos) de lo bonito que era Little India y Chinatown (totalmente cierto como descubrimos después) y del edificio Marina Bay Sands, un complejo arquitectónico de tres torres unidas en su parte superior por una estructura con forma de barco que queda, francamente, espectacular.

A lo largo del día vimos prácticamente todo ello, incluyendo una comida en el Ding Tai Fung, una cadena de restaurantes de comida china que ya conocía de mi estancia en Kuala Lumpur, cortesía de mi buen amigo Javi.

Singapur es una ciudad bonita. Es limpia, la gente va bien vestida y es educadamente amable, aunque más distante que en otros países de la zona. En ocasiones pienso que uno de los precios de la prosperidad y de la mejora de las condiciones de vida es la pérdida de la cercanía entre las personas, el fomento del individualismo y de que cada uno se ocupe de sus cosas. No quiero decir con esto que los habitantes de Singapur sean maleducados o distantes, en absoluto; sino que son mucho menos cálidos que en otros países de la zona como Malasia ó Tailandia. El sistema de transporte urbano incluye un metro llamado MRT que funciona a las mil maravillas y fomenta la conciencia ecológica, pues aunque los pases son de cartón, si los reutilizas 3 veces te devuelven el importe (10 centavos de dólar singapurense, unos 6.5 céntimos de euro) y si lo haces 6 veces, te hacen descuento en el billete. Sin ser mucho, hace que no lo tires.

Singapur tiene una zona que es una auténtica delicia. Justo en la ribera del río, bajo un bosque de rascacielos que conforman el famoso Skyline de la ciudad, se arrebolan una miríada de restaurantes que hacen de puerta de entrada a la “zona de bares” de la ciudad. Cenando ahí en un sitio llamado “Charlie´s Paradise, la camarera llamada Litchi nos siguió todas las bromas que hicimos aquella noche de celebración y despedida en la que cenamos magníficamente y en la que los cuatro nos enamoramos de esa perla perdida en medio de los mares del sur. Solamente tenía un día para disfrutar de Singapur, así que tendré que volver para hacer una exploración en profundidad de esta ciudad que, según el nombre del restaurante, puede ser mi paraíso.

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Capítulo XVII – Saltando de la A de Arabia a la B de Bahrain

Me he pasado las últimas dos semanas en Arabia Saudita, Saudi para los amigos. Este es sin duda un país de contrastes, que no deja indiferente al espectador sea cual sea su punto de vista.

Empecemos con unos pocos datos clave: Arabia Saudí es un país de 2,15 millones de km2, un PIB de algo menos de 1 billón de dólares (Comparativa: España tiene un PIB de 1.3 billones de dólares), que extrae 12 millones de barriles de petróleo al día y exporta 6 millones (el primero del mundo) y que tiene las segundas mayores reservas del planeta, tras Venezuela. También es el lugar de nacimiento del profeta Muhammad (PBUH) y hogar de los dos lugares santos del islam, Medina y Meca (de hecho el título oficial del rey Abdullah es Custodio de las dos sagradas mezquitas). Es un país islámico, con una población de 27 millones de habitantes y sin libertad religiosa, fundamentalmente desértico. Y es bastante cerrado. Saudi puede ser muchas cosas pero no es un país fácil, aunque en mi opinión está muy lejos de ser un infierno. Y hoy trataré de contar tanto las cosas buenas como las no tanto.

Lo primero que sorprende cuando llegas a Arabia Saudita es que no existe el visado de turismo. Lo más parecido es el visado religioso de Hajj (peregrinación a la meca que se suele hacer durante el segundo Aid). No quieren que venga nadie que no tenga nada específico que hacer, como trabajar o rezar o… no, ya está. Cuando te bajas del avión, unos oficiales muy educados te indican en que fila te tienes que poner de la aduana, si en “Primera visita” Si en “negocios y diplomáticos” o en “primera visita con reconocimiento intensivo (nacionales de países como India, Pakistán, Bangladesh o Filipinas). Y después te cambian de fila, para no aburrirse.

Las mujeres, que normalmente ya saben a lo que vienen, se van poniendo la abaya (ese abrigo negro que cubre desde el cuello hasta los pies eliminando toda tentación al no poder ver cosas terriblemente incitantes como los hombros o los tobillos), y aunque las mujeres no musulmanas no tienen obligación de ponerse el velo sobre la cabeza, muchas lo hacen para evitar las permanentes miradas de reprobación/deseo irrefrenable que recibirán en caso contrario. Alguien debería decírselo a las quinceañeras de nuestras ciudades que en invierno y verano muestran las noches de viernes y sábados más carne que el mostrador de Rodera.

Las aduanas de este país son muy lentas. Te revisan, te preguntan a qué vienes, por qué y con quién, si traes alcohol o cerdo y te piden que pongas todos los dedos para la toma de huellas dactilares. Son peores que el padre de tu cita en las películas americanas, y te miran con la misma desconfianza.

Una vez pasas la aduana, entras en el Caos: la carretera. Voy a ser muy honesto, cuando llegué a Omán, pensé que esta gente era una panda de cafres al volante. Que su incumplimiento absoluto de las normas más básicas de tráfico, como no dar marcha atrás en medio de una autopista, o hacer un cambio de sentido bloqueando a los coches que vienen de ambos lados, o que adelantar por la derecha, por el centro y por la izquierda, era algo peligroso. Con el tiempo me fui adaptando a las costumbres locales y ahora me siento perfectamente cómodo al conducir de Mascate a Dubai. No obstante, cuando entras en Arabia, el cambio es similar al experimentado al llegar a Omán desde España. Aquí no es que se adelante por la derecha, es que también por la izquierda, ¡cuando no hay carril! Me han adelantado a 170-180 por el arcén, con escasos 10 cm entre espejos. He visto coches parar el tráfico de la autopista para dar la vuelta (y camiones). He visto accidentes de todos los colores, restos de un camión cisterna que ardió con el impacto, colisiones múltiples… y sólo estuve allí 10 días.

Cuando eres capaz de llegar a tu destino, te encuentras con que hay dos arabias: la de verdad y los compounds. Un compound es un complejo residencial diseñado para extranjeros en el que las normas religiosas, de vestimenta, de relación con las mujeres, etc… están suspendidas, por lo que las mujeres pueden ir a la piscina en bikini, sentarse al lado de hombres con los que no tengan una relación de parentesco menor de 3º grado, hablar con ellos, e incluso ligar. No es que haya muchas mujeres que vayan a trabajar a Saudi, pero teóricamente es posible. Los compounds varían en forma, tamaño, distribución y tipología, los hay desde gran lujo con villas individuales hasta feos edificios de cemento, si bien todos tienen un par de cosas en común: todos tienen piscina y gimnasio, y todos tienen muros de al menos 3 metros (en Riad 5) con alambre de espinos en lo alto, torres de vigilancia, doble puerta y seguridad armada con rifles.

Lo de la piscina y el gimnasio se debe a que en un país que tiene prohibido el cine, las fiestas, las reuniones de más de un género (todas las colas, por ejemplo, se hacen separadas), ir a los centros comerciales los fines de semana si no tienes familia, el cerdo, el alcohol, vender rosas en san Valentín, que las mujeres conduzcan, ( o que salgan demasiado de casa, porque “para qué”), los bolos, y casi cualquier otra cosa divertida; la dicotomía tomar el sol y un chapuzón – darse caña en el gimnasio, es más o menos lo único que hacen los expatriados que viven en muchos de estos compounds.

Mención aparte merece la Muttawa, el llamado “Comité para la promoción de la virtud y la prevención del vicio” Aka policía religiosa. Los muttawas son dos encantadores señores que se dedican a vigilar que los hombres y mujeres que no sean familiares no confraternicen, que te piden los documentos matrimoniales si estás con una chica en la calle, que pueden entrar en tu casa si no vives en un compound, en medio de una fiesta, y como hay chicas, te arrestan y pasas la noche en el calabozo (hecho confirmado), que si estás conduciendo y llevas chicas en tu coche, te sacan de la carretera a golpes, (si lo que me han contado es cierto, los 4 ocupantes del vehículo infractor murieron debido a ello). Estos hombres son la imagen de la falta de libertad religiosa y de que la Sharia (ley islámica) sea la base de la que emanan todas las leyes.

Otra curiosidad del país es que las ejecuciones son públicas, y existen crímenes castigados con la amputación de la mano, decapitación, horca y en casos especiales lapidación. No obstante, la lapidación se ha modernizado, ya no son una serie de hombres tirando cantos a la víctima/ajusticiado, sino que ahora se llena un camión de ladrillos y se le tira directamente a la cabeza (eso me han dicho, os aseguro que no he ido a verlo).

Pero no todo es así de negro.

Es fácil dejarse llevar por la desazón al descubrir todas estas cosas. No obstante, yo, que no he pasado más de dos semanas en este país, también me he dado cuenta de muchas cosas maravillosas que tiene Arabia Saudita.

Al igual que toda la zona del golfo, es un país muy seguro. Es habitual ver que la gente de fuera de Riyadh (que no deja de ser una gran ciudad, más segura que la media, pero gran ciudad) deja el coche abierto y encendido mientras va a comprar algo a una tienda. Del mismo modo, los bancos carecen de seguridad y si la hay no van armados. La gente vive despreocupada y tranquila en lo que respecta a su seguridad. Eso no quita que a las entradas de los compounds haya nidos de ametralladoras, que los muros sean altos y que el alambre de espino florezca, pero se debe fundamentalmente a los atentados que unos grupos extremistas llevaron a cabo en 2003 contra tres compounds en Riyadh, que por fortuna no se han repetido.

Los jóvenes saudíes, a pesar de lo que pueda parecer, no son intolerantes en lo tocante a religión, sociedad y manera de ver el mundo. Eso no quiere decir que no consideren que el lugar de una mujer sea la casa o que crean que deben ir vestidas con pantalones, sino que con los pocos con los que he hablado están encantados de conocer a gente nueva de sitios exóticos, que les cuentes cómo es la vida fuera de su país, y que les hables de España y de su fútbol. Como muchos de mis amigos saben, el 90% de los habitantes del golfo saben más de la liga española que yo. Su pasión es tal que en cuanto dices “soy español” te empiezan a preguntar de qué equipo eres y la conversación fluye sola, aunque muchas veces tengo que tirar de inventiva o asentir convencido de que Messi o C. Ronaldo juegan de tal o cual manera, y de que la evolución del sistema de juego del Atleti es tal y cual. Si si, claro. Claro que debería haber escuchado cuando mis colegas hablan de fútbol con un poco más de interés, se entiende.

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Además, al igual que todo ser humano, les encanta que un extranjero muestre interés por su tierra y su cultura, por lo que cuando hablas un poco de árabe, los locales se entusiasman contigo y rápidamente te invitan a tomar un té y unos dátiles. La famosa hospitalidad árabe es cierta, y difícil de rechazar sin una muy buena excusa si no quieres ofenderles, y como no me cansaré de repetir, “todos los saudíes con los que he hablado han sido encantadores” (aunque sólo haya tratado al género masculino).

Los paisajes saudíes son espectaculares. Las mil manifestaciones del desierto, sea de arena fina, de rocas, de sal, de grava o una mezcla de las anteriores, está disponible en Arabia Saudí y también al lado del mar. Los atardeceres son simplemente asombrosos, cada día el cielo se incendia en mil colores, y la tranquilidad de este país hace que te dé tiempo a disfrutarlo. Además, al igual que ocurre en otros países del golfo, tienen más interés en disfrutar de la vida que en trabajar, porque “el trabajo no se va a acabar nunca, y también va a estar ahí mañana”. Así que a las 5 de la tarde el ruido de los bolígrafos al caer sólo se ve atenuado por el tremendo tráfico que se monta a esas horas.

Mientras estuve en Riyadh, tuve la oportunidad de ir a una galería de arte en la que un joven artista saudí llamado Abdullah al Othman, había preparado una exposición de fotografía, vídeo, audio y pintadas que invitaban a la reflexión y que como un pequeño faro de esperanza, proclamaba “the people need more life”. Además conocí a una princesa saudí. No es que me la presentaran, pero ella estaba ahí, yo también, nos miramos y apartamos la mirada (por si acaso). La arquitectura de Riyadh es bastante uniforme, en forma de villas unifamiliares, excepto por algún rascacielos como el “abre chapas” (Aka Kingdom Tower) o el Financial District (en construcción).

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Hay instalaciones para hacer deporte en todos los compounds, los gimnasios florecen como setas y a todos les gusta disfrutar de una shisha al atardecer. Al final, por muchas limitaciones que imponga la radical interpretación del Corán, a la gente le gusta disfrutar de la vida, y los paseos y plazas de Riad se llenan de gente que va a tomar el fresco de las últimas horas del día y de terracitas con hombres tomando café y té. Y además, al igual que en todo el golfo, el IVA no existe, por lo que los precios de productos importados son bajos.

Aparte de todo lo anterior, sin duda lo mejor de Arabia es su grupo de expatriados occidentales, que como toda minoría en un ambiente que se percibe como poco amistoso, se une rápidamente y se vuelve muy abierta a cualquier nueva incorporación. No solo la gente de la oficina sino también en el compound donde me alojé, hice amigos rápidamente y nunca cenaba solo en el restaurante del hotel.

Esta vez también tuve la oportunidad de ir a ver Bahréin, un pequeño país-isla que se encuentra pegado a la costa Saudí. Su minúsculo tamaño, de 760 km2 (aproximadamente el mismo que Menorca) y su escasa población (1.3 millones) obligaron a que durante el S.XIX se convirtiera en protectorado británico mediante una serie de tratados, hasta 1973. Bahréin tiene muy poco petróleo, por lo que ha tomado el mismo camino que el emirato de Dubai y se ha convertido en un centro de negocios internacional y en la discoteca oficial del golfo.

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El sitio es sorprendente, con una arquitectura exuberante y un edificio que destaca por mérito propio sobre los demás: el Bahrain World Trade Center. Dos edificios unidos por tres puentes colgantes sobre los que hay instalados aerogeneradores que lo convierten en el primer edificio autosuficiente energéticamente.

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Allí conocí durante una barbacoa familiar a dos diablillas de 14 y 16 años que hacen gala de cultura internacional y cosmopolitismo, hacen un bizcocho magnífico y reúnen los valores de la vida del expatriado occidental: aquí se vive bien, pero España es España. Reconozco abiertamente que envidio a los hijos de los expatriados, que desde muy jóvenes viven de primera mano lo grande que es el mundo, hablan idiomas sin problema y sin acento, tienen amigos en todas partes y son capaces de hacerse entender con un puñado de gestos y un par de sonrisas.

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Bahréin además, es un país abierto, donde las mujeres son seres humanos libres de vestir y hacer lo que les plazca, donde te puedes tomar una cerveza viendo un partido, que dispone de un club de rugby magnífico, cuenta entre sus habitantes con un maestro argentino de las barbacoas y donde, según se dice, algunos saudíes un poco más liberales de lo aceptable según las leyes de su país, vienen a relajarse mirando el mar entre otras cosas. Por lo tanto, los expatriados que viven aquí tienen la oportunidad de ver los extremos de una cultura que puede ser muy restrictiva pero que también puede permitir la tolerancia religiosa, el respeto a los derechos humanos, el intercambio cultural y la mezcla de civilizaciones. Una pasada, vamos.

Nota: perdonad la calidad de las fotos, son de móvil.

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Capítulo XVI – Cómo sobrevivir en Omán – Guía para expats

En los últimos días he recibido un par de comentarios de gente que va a venir a vivir a Omán pidiendo consejo respecto de coste de la vida, alojamiento, transporte y otras cosas normales que nos preocuparían a cualquiera cuando vamos a cambiar de domicilio, así que he decidido hacer una pequeña guía para nuevos expatriados. Después de todo, tras un año medio, algo habré aprendido.

Al llegar es necesario, si no se tiene un visado de trabajo pre-acordado, comprar un visado de entrada que para los europeos cuesta 5 Riales para estancias de hasta 10 días y 20 riales (40 euros) para estancias de hasta un mes que se puede prorrogar una sola vez en el aeropuerto sin salir del país. Con el visado de visita de Emiratos Árabes Unidos ( si has pasado allí un par de días antes de venir a Omán) no es necesario comprar otro visado.

1. Alojamiento:

Cuando vienes a vivir a un sitio nuevo, lo primero es siempre encontrar tu guarida, tu sitio seguro donde relajarte, tomarte una de las cervezas que has comprado en el aeropuerto (porque cuando llegas, a pesar de venir con 18 maletas, la bolsa de plástico con el sandwich de mortadela, el canario, y la mochila, tienes que comprar alcohol si quieres tener alcohol en casa en los próximos meses. hablaré más de esto cuando toque el tema del alcohol), tu refugio de occidentalidad donde puedas sentirte cómodo, y eso no es fácil.

Una cosa que hay que tener en cuenta es que el alquiler es caro, debido fundamentelmente a la escasez de oferta. Cuanto más grande sea el sitio y más habitaciones tenga, menor precio relativo tendrá. Me explico: En Omán los chicos no se van a vivir solos cuando terminan la universidad, y las chicas mucho menos, por lo que los únicos apartamentos de una habitación son para extranjeros occidentales, que normalmente cobran buenos salarios. Así que como no hay mucha oferta, y la demanda tiene un nivel adquisistivo superior a la media, los precios se disparan, y es dificil bajar de 800 euros. Los pisos de dos habitaciones se pueden encontrar por unos 1000 € (500 riales) y a oartir de 1200-1500, puedes encontrar más o menos cualquier cosa que busques. La calidad es mala ó muy mala, y el servicio que da el casero varía entre regular y muy pobre. Muchas veces lo mejor es llamarle, decirle que te lo arregle, sabiendo que al primer requerimiento no lo va a hacer, así que lo arreglas tú y le pasas el arreglo.

En mi opinión, es mejor evitar zonas de la capital como Ruwi, Darsayt ó Muttrah, cuyo tráfico es terrible en las horas punta, y buscar por Shatti, Qurum, Madinat Sultán Qaboos y Al Athaibah (si se dispone de un buen nivel adquisitivo) y por Ghubra y Al Athaibah ( si no se valora un precio medio) ó Seeb, Mawaleh, Mabaila y Al Khoud (si se valora el ahorro), aunque estas últimas están a media hora de cualquier sitio.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA OLYMPUS DIGITAL CAMERACuando alquilas, es habitual que tengas que hacer un pago por adelantado de un mínimo de 3 meses y un máximo de un año, aunque todo es negociable. Y cuando digo todo, es todo. A modo de ejemplo, yo le bajé el alquiler a mi casero en 400 Euros sobre lo que me pedía, y conseguí que incluyera la luz, el agua y el internet dentro del precio final. La luz y el agua son muy baratas, yo no gasto 10 €/mes entre ambos suministros, salvo en verano, que el aire acondicionado es imprescindible. Internet es caro, mínimo 40€/mes sin televisión ni teléfono. Hay dos compañías, Omantel (estatal, nuestra Telefónica) y Nawras. La instalación de Omantel necesita un técnico y la de Nawras no, pero Omantel funciona mejor.

La mayoría de alquileres no incluyen muebles, aunque hay algunos sitios, como Bareeq Shatti, que sí los tienen. En el centro comercial Jahwarat Al Shatti hay una tienda que trae Ikea desde Dubái, bajo pedido, con un recargo por transporte y el 5% del cruce de la frontera, por lo que es mejor hacer pedidos grandes ó conjuntamente con alguien.  Lo mejor, no obstante, es acudir al mercado de segunda mano, que con la gran rotacion de occidentales, es bueno, bonito y barato. los mejores momentos para comprar muebles de 2ª mano son Mayo ( se van las familias de los expatriados que se van a ir a mediados-finales de verano) y Diciembre. Honestamente recomiendo huir de las tiendas de muebles locales, salvo quizás el home Center. el resto, son caras, la calidad no es acorde y los muebles son (en mi opinión) muy feos.

 

2. Transporte:

En Omán no hay un transporte público digno de ese nombre, por lo que aparte de los taxis (que no tienen taxímetro y hay que regatear mucho, muchísimo), hay dos opciones: Comprar ó alquilar un coche. Para comprar es necesario estar en posesión de la tarjeta de residencia, por lo que los primeros meses hay que alquilar. El precio de un alquiler mensual de un coche pequeño ronda los 450 €. La oferta de coches de segunda mano es amplia, aunque yo recomiendo buscar coches entre los expatriados occidentales, porque por regla general los asiáticos no son grandes conductores y los habitantes del Golfo en la carretera son eso, unos golfos.

La gasolina es una de las grandes ventajas de este país, pues su precio es de 24 céntimos de €/l, y no ha variado en los 18 meses que llevo aquí. El Precio en la foto son 4 Riales, (8 €) y cero Baizas (1 rial= 1000 baizas).

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3. Idioma:

La mayor parte de la gente de ciudad habla inglés lo suficientemente bien como para entenderse, aunque en lugares algo alejados ó la población de mayor edad no lo dominen. Todos los expatriados occidentales lo hablan y los asiáticos también, aunque entender su acento puede ser peliagudo.

4. Compra de comida y otros:

Existen tres carrefour en Mascate, así como Hipermercados Lulu y Al Meera. Hay varios supermercados como el Khimji´s ó el Sultan Centre, y en el Al Fair (la misma cadena Spinney´s de Emiratos) se pueden adquirir productos no halal, cerdo y derivados a precios exorbitados. También hay muchas tiendas pequeñas de conveniencia que abren hasta las 12, con precios más o menos razonables. En general el precio es parecido al de España, aunque la carne es más cara, y el queso es carísimo, salvo las 1000 variedades de Feta y el Rumi egipcio.  El pescado es abundante y de buena calidad en el Lulu y en el mercado de pescado de Muttrah, donde se regatea directamente con los pescadores y el pescado es fresquísimo a primera hora de la mañana y no tanto por la tarde.

Existen numerosos restaurantes internacionales, particularmente MacDonald´s y Subway´s. Hay también otras cadenas como Burguer King, Chilli´s y KFC. También hay restaurantes libaneses, turcos, italianos, mexicanos, yemenís, tanzanos y miles de indios muy baratos. La comida es mucho más especiada que en España y en muchas ocasiones picante, pero se puede pedir sin picante. También hay restaurantes omanís, aunque los de buena calidad son muy caros.

Para la adquisición de ropa, hay tiendas internacionales en los centros comerciales de Seeb (Muscat city centre), Athaibah (Muscat grand mall) y Qurum , y miles de sastres indios y pakistaníes en Seeb muy baratos. Si se quiere ir a un segmento más alto, en el centro comercial de la Royal Opera House Muscat hay tiendas de lujo.

5. Alcohol

El alcohol en Omán está restringido a una serie de bares de hoteles con licencia para su distribución, y muy pocos restaurantes y bares no ligados a un hotel, en los que los precios son altos (una cerveza no baja de 6 € en Mascate y lo normal son 7, y ni de 4 en el extrarradio.

Se puede comprar alcohol para tener en casa si se está en posesión de la tarjeta de residencia que se otorga con el visado de trabajo. Para ello es ncesario solicitar una cartilla de racionamiento a la policía que limita la compra mensual a un máximo del 10% del salario registrado en su contrato y cuesta el equivalente a la cantidad a adquirir en un mes, válido para dos años. Así, alguien que cobrara 2.000 €/mes podría comprar un máximo de 200 € cada mes previo pago de 200€, para una licencia de dos años. No obstante, estos “carnets de alcoholico”  son una prerrogativa de la policía y, como aparece escrito en su interior, la policía te la puede retirar, denegar ó cancelar en cualquier momento sin explicación ninguna. Además, “se quedan sin ejemplares nuevos” de vez en cuando.

Para la compra de alcohol hay que dirigirse a unas tiendas especiales, muy disimuladas, en las que el precio es aproximadamente el doble que en España y que permanecen cerradas en el mes de Ramadam (hay que aprovisionarse en Junio). La única otra opción es la tienda del aeropuerto, en la que se pueden adquirir bebidas a la entrada en el país.

6. Ocio

Existen varios cines en inglés subtitulados en árabe y francés que emiten estrenos internacionales, así como películas de Bollywood y árabes, aunque la tijera de la censura se nota y mucho.

Hay numerosas playas, no existe un código de vestimenta aunque no es habitual ver bikinis y la población asiática tiende a admirarlos intensamente, lo que puede no ser muy cómodo. Los locales no suelen bañarse, aunque las playas están llenas por la tarde de gente jugando al fútbol ( el futbol español tiene muchísimo tirón, y con seguridad en la aduana te preguntarán si eres del Madrid ó del Barcelona si llevas pasaporte español) y los fines de semana las familias hacen barbacoas y no se obsesionan por tonterías como los restos de pinchos morunos (pinchan muy bien dos días después) ó basuras. DSC_0128

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Para pasar un fin de semana, se puede ir a un wadi (valles con ríos intermitentes que se secan en verano) de acampada al desierto, coger un barco e ir a cualquiera de las numerosas playas, hacer submarinismo e ir a ver los delfines ó las tortugas gigantes que desovan en Ras al Hadd,  ó hacer trekking por alguna de las numerosas rutas de montaña que tiene Omán. Tengo entendido que la zona de Salalah (cerca de la frontera con Yemen) es muy verde en verano y fresca gracias al Khareef ó monzón, aunque aún no la he visitado.

Otra opción es hacer un poco de turismo por Mascate, ir a la zona de Muttrah, donde se encuentra el Zoco y el quemador de incienso más grande del mundo, así como una bonita zona de paseo con un par de mezquitas bonitas DSC_0259 DSC_0349 DSC_0363 DSC_0371

Existen pocas discotecas y en todas hay que pagar para entrar y los precios del alcohol son elevados. Las mejores, en mi opinión, son el Rock Bottom y el Souq (que es muy cara). Para un plan un poco más relajado, se puede acudir al Trader Vics, en el Intercontinental hotel; al Pavo Real, un restaurante mexicano con alcohol; al Habana Sports Bar, en el Crown Plaza; En el Sama Terraza, el ático del Park Inn hotel; ó el lazy Lizzard y el irlandés del Radisson Blue.

Otras cosas muy baratas son el tabaco (2 €/marlboro) y la peluquería de caballeros (2€/corte de pelo).

Un saludo y hasta pronto!

 

 

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Capítulo XV – Dejarlo todo e irse a Omán (y II)

Este capítulo repíte título porque repite idea pero con nueva experiencia.

No quisiera empezar este post sin dejar pasar la oportunidad de agradeceros a todos vosotros, mis lectores, vuestra tenacidad ante un blog lento y poco actualizado. Más de once mil visitas! Es una gran sorpresa, particularmente debido a que estaba convencido de que este blog lo leería mi madre, mi hermana y algún amigo, de vez en cuando.

Como muchos sabéis, cuando vine a Omán por primera vez, lo hice con unas condiciones de seguridad, un apoyo oficial y un pasaporte azul que, sin ser un chaleco antibalas ni un repelente de mosquitos, le daba a uno una tranquilidad importante en lo que respecta a las actuaciones de un estado que ahora conozco como maravilloso, pero que no por ello deja de ser “respetuoso con la autoridad”.

Cuando vine por primera vez, traía un visado de la embajada de Omán en España, válido por 6 meses, con una estancia válida de 3 meses, entrada única y mal hecho. Ese visado no existe, no está contemplado por el Ministerio de Asuntos Exteriores omaní como una posibilidad. Lo que viene siendo una tradicional chapuza. Lo bueno que tienen este tipo de historias es que alcanzas un grado de comprensión sorprendente de lo que pone el sello de tu visado, de lo que tiene mal y de cómo explicárselo al agente de aduanas, a su amigo de la cabina de al lado, al supervisor de ambos y al jefe de seguridad del aeropuerto (muy majo, Muhammad, con una barba más que digna y unas cejas que se elevan de manera acorde a su perplejidad cuando me ve aparecer por su despacho por tercera vez en una semana).

Cuando vine por primera vez traía un miedo importante en el cuerpo, y negarlo es absurdo. Pasar de Oviedo y Madrid a Mascate, un sitio del que, salvo raras excepciones, nadie ha oído desde que en la EGB había que memorizar las capitales del mundo y que a día de hoy no sabe ni en qué continente está, es un cambio bastante radical. Casi tanto como pasar del pantalón a la disdasha ó de los 8º a los 38º. Como habéis ido viendo a lo largo de este blog, me he ido quitando los miedos y prejuicios que algunos medios de comunicación y la ignorancia habían hecho crecer dentro de mí, y eso me ha ayudado a descubrir que ni los musulmanes son los malos (bueno, esto ya lo sabía) ni los árabes son intolerantes ó particularmente dogmáticos ( a algunos les encanta discutir sus propios dogmas y poner a prueba su capacidad para defenderlos), ni son todos millonarios y aquí los ferraris abundan como en Madrid los Seat, ni las mujeres son objetos de compra-venta  sin voluntad propia (muchas tienen más fuego en la mirada y en la voluntad que muchos hombres). La religión en este país es algo importante, pero muchas veces también es hermosa.

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Han sido 15 meses en los que he aprendido mucho, he conocido a mucha gente muy maravillosa, a algunos no tan maravillosos y a ningúno malo; en los que he viajado como nunca (el capítulo anterior tiene que cubir un viaje para el que ahora no hay musa, por eso no existe) y he estado más cerca y más lejos que nunca de mis amigos. Ha sido un año para recordar, pero no tanto como lo será el 2014.

Lamentablemente, la memoria del mundo es muy selectiva, y ahora que mi pasaporte es rojo, en las aduanas del aeropuerto de Muscat International ya no se acuerdan de mí. Claro, que también tardo menos en pasar la aduana de lo que se tarda en decir “Assalamu alaykum”, “Sukran” Y “Maassalama”, así que ya haremos relaciones sociales cuando nos veamos en el Left Bank, que se me estropea todo el haram de la maleta y además tengo hambre.

Ahora voy a conocer otra faceta de Omán, la del sector privado. Tras pasarme un año y pico ayudando a las empresas españolas a entrar en este país que desde el primer momento me ha parecido un paraíso tranquilo y caluroso (con sus cosicas, claro), ahora voy a ser yo el que acuda implorando a la embajada un contacto, un número de teléfono, una presentación ó una copa de vino (oh, vino!).

La verdad es que mis primeras impresiones desde el punto de vista de ciudadano privado no difieren particularmente de las que tenía antes. Los omanis siguen siendo gente amable, las omanis siguen siendo tímidas en su mayor parte, la conducción sigue siendo bastante decente salvo cuando están mirando el móvil, cosa que sigue siendo bastante habitual, en el banco me hacen tanto caso como antes (ninguno, salvo la chica de la nariz mona, que es bastante eficiente), el frutero del Sultan Center sigue con ganas de ser mi amigo (es un marroquí muy majo al que seguramente invite la próxima vez que haga una fiesta en casa) y yo suyo,  y mi casa sigue estando en el mismo sitio (de lo cual tenía serias dudas) con la lavadora en el mismo estado (se estropeó 4 veces el año pasado y prometo que ya no le echo jabón en pastillas ni meto al gato), y mi casero sigue prometiéndome una nueva a final de mes.  Tengo un vecino nuevo, que es el nuevo yo, y yo soy casi mi anterior vecino (casi, ese tío es inigualable). Mi nuevo vecino no toca la guitarra eléctrica (necesitamos una para las fiestas de mi casa, sino la batería belga y el piano hispano-iraní quedarán un poco sosos), pero es muy majo y su mujer, encantadora y sonriente, cocina como los ángeles (great success, que diría Borat).

A día de hoy sólamente una cosa me da miedo, me mantiene despierto por las noches y me provoca sudores fríos y escalofríos calientes: parece que mi Kindle ha desarrollado algún tipo de enfermedad que lo ha dejado en coma, y NO QUIERO tener que ir a Dubai cada vez que quiera comprarme un libro. Eso sí me da miedo. Trataremos al paciente con una mezcla de antibióticos Resetianos y transfusiones de electricidad por vía central, a ver si reacciona. Dediquemosle un pensamiento de energía positrónica, que diría el gran Asimov. Aquí debajo os dejo un par de fotos para ayudar con el proceso.

 

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Sí, como os habréis dado cuenta, el mensaje de este post es “seguiremos informando, porque esto NO se ha acabado”. Ni muchísimo menos. Omán es un país que tiene mucho que ofrecer, aparte de sus playas y sus montañas, sus dátiles con té y su famosa arena; y tengo la firme intención de seguir explorándolo y de seguir contándolo.

 

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Capítulo XIII: Vacaciones de verano – Incredible India I

 

Durante todo el mes de Mayo y parte de Junio, mi buen amigo del norte Dick Churches y yo estuvimos discutiendo la posibilidad de hacer un gran viaje de verano a India. Finalmente nos decidimos a ello y tirando de contactos (nuestros amigos de Bombai y Delhi) organizamos un viaje que prometía mucho y, como suele pasar con estas cosas, fue mucho más de lo esperado.  Fue un viaje de 11 días, así que este será (sí, mamá) un post largo, aunque lo dividiré en dos partes, una para India y otra para Nepal y Nueva Delhi.

El jueves 18 de Julio, tras haber terminado de trabajar  y haber proferido el habitual pero no por ello menos victorioso grito de ¡Vacaciones! al meterme en el coche (los jueves lo reemplazo por ¡finde!), me encendí el humo de la victoria y me dirigí a preparar la maleta (después de todo aún tenía  3 horas hasta ir al aeropuerto). Como siempre, pequeña y con pocas cosas, lo que en caso de India fue un gran error. No un Craso, pero casi. Los amigos con los que cené me dejaron en el aeropuerto, gesto más que agradecido y, no sin temor, fui a descubrir lo que una aerolínea barata india me reservaba. Con gran sorpresa y placer descubrí que estaba más que bien y que nos rociaban con una especie de desinfectante por “requerimiento de las autoridades de aviación civil indias”. Entiendo.

A las 3 llego al aeropuerto de Bombai sin novedad, y lo primero que noto es que huele mal. Muy mal, como a esa mezcla de sudor y comida pudriéndose que nunca has experimentado pero que puedes llegar a imaginar. Bueno, eso y que hay militares con fusiles por todas partes, que te hacen 3 inspecciones antes de salir del aeropuerto y que a la salida hay una garita con una ametralladora (y un soldado durmiendo  su lado). A mi socio le queda un rato, así que mientras espero me pongo a charlar con el señor que tengo sentado al lado, que resulta trabajar en Mascate (compañero) y que me da un par de consejos: cuidado con los ladrones y no comas nada de los puestos. Nada, entiendes? También se sentaron por allí un par de chicos catalanes que han ido a buscarse la vida a India, dejando sus trabajos en España para prosperar. Les dejo con mis mejores deseos cuando aparece Diego y nos compramos un pre-paid taxi sin aire acondicionado, que es más barato (y que resulta ser cuatro chapas pegadas sobre cuatro ruedas, sin cinturones, sin confianza, sin ganas de trabajar y por supuesto sin idea de cual es la casa de nuestro amigo, a pesar de enseñárselo con un mapa.

Llegamos a las 6.30 despertando a Juan, que nos dio la bienvenida, cama e instrucciones para cuando nos despertáramos pues él estaría en el trabajo, y nos fuimos a dormir tras un día muy largo. Amanecimos más tarde de lo esperado, a eso de las 12, y nos pusimos rápidamente en marcha para ver la ciudad. Cogimos un ricksaw hasta la estación de tren más cercana, donde cambiamos a tren para ir al centro.

Los ricksaws merecen una mención especial.  Son un sistema de transporte muy barato para distancias cortas ó medias (las distancias en las ciudades indias son muy grandes, por lo que estamos hablando de un máximo aproximado de 10-15 km), que en teoría tienen contador pero en la práctica hay que negociar el precio porque son todos unos tramposos y que a mí me recuerdan a los minions de Gru, dando vueltas entre los coches y colándose con esa mezcla de gracia y absoluto desprecio por la vida humana, incluyendo la del conductor y sus clientes, que es tan propia de la conducción india. No van rápido, porque entre el estado de las carreteras y calles, más similares a caminos con trazas de asfalto que a pavimentos; y la ingente cantidad de coches, motos, ricksaws, mini-taxis, autobuses, perros, vacas  y peatones cruzando por cualquier lado (esto explica aquello que ponía en mis primeros post, son costumbres de casa), resulta imposible alcanzar los 60 km/h.

En la estación de tren fue donde me di cuenta de que India no sólo son los famosos monumentos cuyas fotos dan la vuelta al mundo, los chamanes, el hinduismo y el budismo y el misticismo, y los paisajes. India tiene una cara oculta, que es la miseria y las deplorables condiciones en las que sobreviven, que no viven, muchos de sus habitantes, y que destroza las almas de aquellos que como yo, no vamos preparados mentalmente. Cuando ves a un niño de 2 años, desnudo, abrazarse a tu pierna y pedirte dinero, y que vienen varios más, hasta estar rodeado de ellos, mientras los locales los apartan con el pie, dan ganas de gritar al mundo y explicar que esto, bajo ningún tipo de esquema filosófico/religioso/político/social es tolerable. Supongo que es cierto ese cliché del turista que reza “India te cambia”. Al menos el punto de vista.

Los trenes en India son como todo lo demás, suficientemente eficientes, atestados, malolientes y tratando de coexistir en el caos con las demás especies, en este caso de medios de transporte. El billete de primera que cogimos (60 rupias frente a las 10 de segunda, siendo un euro al tiempo del viaje unas 75 rupias) nos dio acceso a un vagón con ventiladores para combatir el sofocante calor húmedo. La diferencia entre primera y segunda, según descubrimos, es que hay dos veces más ventiladores, lo que no hace ninguna diferencia en el calor, el olor y el sudor acumulado en décadas de viajes entre las chabolas que hay en todas las esquinas. Nos bajamos en la estación de Churchgate y dimos un paseo por la zona visitando los impresionantes edificios del High Court, el National Museum, y el Prince of Wales.

Como ya era tarde, vislumbramos un Mc Donalds y allí nos dirigimos antes de tomar un café en el famoso Café Leopold, refugio de turistas durante los últimos 100 años. Las verdaderas maravillas de Bombai, el Gate of India y el hotel Taj palace las vistamos esa tarde, mientras una chica, seguramente guapísima si se hubiera dado una ducha en los últimos años, nos perseguía con un bebé a cuestas repitiendo bajito “please, rice, milk”, y enviándonos una sonrisa triste que acabó por destruir nuestras ya de por sí empobrecidas defensas. Cuando estábamos en el Gate of India empezó a llover todo lo que no había llovido en ese día (no olvidemos que fuimos a India en pleno monzón) por lo que corriendo nos refugiamos en una beer house que no vendía beer por ser “dry day”, ó día sin alcohol.

Visitamos también la Vitoria Terminal, la gran estación central de trenes de Bombai que por fuera es espectacular y por dentro “cutrindia”. Cogimos el tren allí mismo de vuelta, esta vez en segunda, y tuvimos un viaje muy gracioso, con todos los viajeros de vagón pendientes de nosotros y de “¿Qué diablos hacéis vosotros en segunda?”, ofertas de venta de teléfonos móviles incluida en el viaje. Cena en un italiano que hace pizzas alargadas, con las diferentes elecciones juntas para toda la mesa, y a las 12.30 estábamos durmiendo más que felices y cansadísimos.

Bombai es una ciudad que huele mal (Oh Dios, que sabio fuiste al dotarnos de ese siempre olvidado mecanismo llamado saturación olfativa) y ese olor se pega a ti, a tu ropa y a tus enseres. Me arrepentí mucho de ser tan tacaño con la maleta, y lo pagué haciendo constantes coladas en los hoteles y una grande en Delhi.

Poco nos duró la felicidad, ya que a las 3.30 nos levantamos para ir a coger el avión entre refunfuños (míos) de “es demasiado temprano, podíamos dormir al menos una hora más” y de Diego de “es mejor así, para evitar imprevistos”, “¿MMmmpfff qué imprevistos, si el taxi se coge fácil y el aeropuerto está a 15 mins?”. Jamás el karma, el destino ó lo que sea me ha hecho callar más rápido ni llamado bocazas con semejante crudeza, porque cuando llegamos al aeropuerto, nadie conocía nuestra aerolínea, así que nos tuvimos que ir al otro aeropuerto, el internacional (a 20 mins, con un taxista muy listo que sabía que íbamos muy justos), donde, por supuesto, nos dijeron que era un vuelo nacional y que volviéramos al otro aeropuerto, donde seguían sin conocer nuestra línea pero donde nos dejaron pasar (sin ninguna fe en coger el vuelo por mi parte, hay que reconocerlo) y resultó que la línea era nominal pero el vuelo existía, y lo cogimos. En mi curioso afán de integrarme y conocer la cultura local, desayuné unas rosquillas blandas con salsa blanca picante que, en mi lista de alimentos que no volveré a probar está justo detrás de… No, espera, está el primero. Me forcé a engullir esas masas en un fútil intento de encontrarles la gracia mientras observaba a Diego comerse su croissant a la plancha con una mezcla de envidia y odio eterno que duró hasta que se lo acabó.

Al Llegar a Auranghabad nos salieron al paso varios taxistas con los que negociamos las visitas a las cuevas de Ajanta y Ellora, especialmente recomendadas por nuestra “Personal Trip Planner”, la gran Eva. Claro, a ti te dicen “son unas cuevas muy bonitas” y tú dices, “pues vale, si tú lo dices”, esperándote perder un día de India y coger dos vuelos para ir a ver estalactitas y estalagmitas, que por muy indias que sean, las tenemos en Valporquero. Error, nada que ver con eso. Es más bien la versión india de Petra, solo que dentro de cuevas. Absolutamente espectaculares, talladas, con unos grabados que dejan sin aliento. En teoría se necesita un par de días para ver Ellora y uno para ver Ajanta, pero como el tiempo es mucho en nuestro caso más valioso que el oro (que, pasa ser honestos, tampoco tenemos), el plan era verlas el mismo día hasta que llegamos y decidimos dejar Ajanta y centrarnos en Ellora todo el día (Ajanta está a 100 km, 2 horas y media en coche). Un hombre de pelo blanco, al que cariñosamente bautizamos como “el hombre de pelo blanco” nos disuadió diciendo que debíamos ir a Ajanta también. Minipunto para el que decidió hacerle caso. Nos vimos Ellora un poco a la carrera, visitando todas las del principio minuciosamente y tras el instante con el hombre de pelo blanco, las principales de entre las restantes 25 un poco a la carrera. (Momento friki) Hay una cueva, la Nº 27, que recuerda muchísimo a uno de los templos que se visitan en el God Of War 2, con su lago, sus puertas y sus grabados (fin del momento friki). Las otras dos principales, la 16 y la 10, son increíbles, con templos dentro de las cuevas que son tan grandes como basílicas medianas.

Dormimos como lirones las dos horas largas que había hasta Ajanta, donde nos asaltaron varios vendedores de piedras talladas, uno de ellos conocido como el Indio-Hippy-Yankee. En el autobús interno conocimos a una chica polaca, Kasia, que no tenía sentido, pues aparentemente estudia Indología pero la mitad de los templos-cuevas no los visitó, perdiéndose a sus gordos y felices Budas, tan sólo pendiente de llegar a la última, en la que se encuentra el ¿famosísimo? Buda tumbado. Ajanta es un valle con forma de U en cuyo centro se alza una peña que domina la vista de las 25 cuevas repartidas por toda la extensión de la cara interior de la misma,  y a la que subimos tres recorrer la U.  A la salida, sin ninguna intención de comprar piedras, compramos piedras, Diego al Indio-Hippy-Yankee y yo al colega. Ahora soy el orgulloso propietario de unos posavasos de piedra. Salimos a escape (y saludamos al hombre de pelo blanco, que también estaba allí), pues íbamos tarde, y el taxista se ganó la propina conduciendo como un absoluto suicida, pero llegando a tiempo al avión que nos llevaría a Delhi.

Eva nos estaba esperando y nos condujo a su casa, en El Enclave, donde recogimos a Pilar y nos fuimos a cenar con ellas y con Noemí a Al Khouz Village, la zona de movida, unas buenas hamburguesas con una cerveza que, honestamente, nos habíamos ganado y supieron a gloria bendita. Tras ello nos fuimos a un bar donde esa noche tocaba la fiesta expat. Me explico: aparentemente ay un afgano y un indio que montan cada noche una fiesta para expatriados en un bar diferente en las que las chicas no pagan la bebida. 10 minutos y una cerveza después se acababa la fiesta (era la una) que siguió en una casa privada en la que conocimos a muchos expats hasta las 4 que nos fuimos a dormir.

Con mucho más sueño que a las 4 nos levantamos a las 7.45, tarde si tenemos en cuenta que a las 8 estaba nuestro driver esperándonos en la puerta, (y muy pronto si me preguntas a mí, no me había dado tiempo ni a tener legañas). Así conocimos a Ravi, un pollo de cuidado pero muy majo, que sería nuestro chófer y guía durante los 3 días siguientes. Salimos de Delhi y tardamos algo más de 4 horas en recorrer los poco más de 200 km que la separan de Jaipur. Yo dormí unos minutos pero pronto me pasé al asiento de delante y fui de cháchara con Ravi, mientras Diego disfrutaba de los abrazos de Morfeo.

Las carreteras indias están atestadas, son malas, lentas y caóticas. Los dos carriles se transforman en 4, con adelantamientos que harían las delicias de cualquier guardia civil de los de bigote y mala leche, y bocinas. Muchas bocinas. En estas carreteras, se pita para avisar de que vas a adelantar, se pita para avisar de que estás adelantando y de que has terminado de adelantar. Se pita para avisar de que hay una vaca ó un perro en la carretera, algo mucho más habitual de lo que se pueda pensar; para avisar de que se ha ido, se pita para la las personas, las motos, los coches y los camiones, muchos de los cuales llevan explícitamente escrito en la parte de atrás “Please honk” ó “Please blow horn” entre sus múltiples y al ojo foráneo estrambóticas decoraciones. Por supuesto, también se pita para “llamar la atención ante una maniobra peligrosa”. Claro que como todas lo son, los conductores avezados llevan el pulgar directamente sobre el claxon.

Jaipur es impresionante, y su colección de palacios tan extensa que sólo para enumerarlos necesitaría varías páginas. El Jal Mahal (palacio del agua) ofrece una bienvenida sorprendente, aunque no tanto como las mujeres en saris que te piden una foto y luego te cobran por ella, para posteriormente decepcionarse cuando delante de ellas borras las fotos que has tomado. Bueno, menos una…
El City palace cuenta con varios patios, y la sala de recepciones es algo que hay que ver dentro de este Must, al igual que el Jantar Mantar, un observatorio con una fachada más que notable.  El palacio del Dios-mono Haruman, menos turístico, es algo que merece la pena muchísimo, pues se trata de un complejo palaciego en las montañas, donde un chaval nos hizo de guía mientras nos contaba sus aspiraciones entre foto y foto (fui un desconfiado por temer que saliera corriendo con mi cámara, pero era nueva), y donde una suerte de ermitaño piojoso nos dio la bendición de Haruman, con pulserita incluída que a día de hoy aún llevo, aunque algo desteñida por la piscina de la azotea de la casa de Diego.

Tras esta visita vino la 1ª liada de Ravi, quien en vez de llevarnos a los bazares nos llevo a una tienda para que viéramos cómo se hace el estampado tradicional y las alfombras que, claro está luego quisieron vendernos. No sabiendo muy bien cómo salir de ahí nos inventamos un cuento para salir de la parte de las alfombras e ir a la de tapices, en la que le dije a Diego “bueno, ahora les decimos que no nos gustan y fuera”. Como si el destino quisiera hacerme entender que calladito estoy más guapo por segunda vez en 2 días, salimos de allí con dos trajes a medida. La cena en el hotel, fue muy buena, aunque yo esperaba que el laal Mass, un plato de cordero conocido por ser súper picante, picara más, ya que era francamente soportable.  Dormimos como reyes casi 6 horas, todo un récord.

El lunes 22 nos fuimos directos a ver el Amber Fort, uno de los grandes atractivos turísticos de Jaipur y una maravilla arquitectónica del S. XVI. Se puede subir en caravana de elefantes, pero entre que te conviertes en estrella mediática y que somos unos ratas, nos decidimos por subir con Ravi que es más barato. EL palacio tiene un patio principal en el que la gente se baja de los elefantes y una gran escalera a cuya derecha hay un templo hindú donde hasta 1980 se sacrificaba una cabra diariamente, aunque no queda ningún rastro carmesí de los 400 años de cabras muertas en honor de Shiva (si, muchas) en el impecable mármol blanco que lo compone enteramente. Todos los exteriores del palacio son espectaculares, con unos grabados que darían envidia a cualquier maestro de la piedra que trabajara en nuestras catedrales, pero los interiores son muy pobres y están completamente vacíos.

Desde allí salimos hacia Abaneri, un sitio en medio de la nada y que sólo Eva conoce, donde hay un “Chand Baori” Aka “Stairwell” ó pozo de escaleras dedicado a la luna con un lago en el fondo, y que sin duda es una de las imágenes que me llevo grabadas de este viaje. Se trata de un pozo, con una forma similar al hueco que dejaría una pirámide boca abajo, con escaleras alternas y que dan a una “masa de agua”. Lo pongo en comillas porque tiene el color de la barra radiactiva que Homer se lleva al salir de la central nuclear. Lamentablemente la conservación no es el punto fuerte de los indios, por lo que los capiteles de las columnas que rodeaban el pozo están caídos y expuestos, ordenadamente, al desgaste de los elementos. Aunque no por eso dejan de tener la misma calidad que los vistos anteriormente y de los que vimos en el templo adyacente.

La última visita del día fue a Fatepur Sikri, un complejo palaciego-defensivo del S. XVI construído por un Majarahá que tenía 3 esposas, una hindú, otra cristiana y otra musulmana, y que cuenta con un palacio para cada una de ellas más una tumba para el santón que aparentemente otorgaba la fertilidad a las mujeres y principal causa de que apareciera allí el señor, y una mezquita. En Fatepur Sikri uno se puede llegar a agobiar, pues hordas de muchachos hostigan al turista ofreciéndoles sus servicios, sus souvenirs, sus mierdecillas que hacen pasar por souvenirs ó directamente pidiendo pitillos y dinero. Nos dejamos vender más piedras por el maestro del estudiante del Corán que nos hizo de guía, y ahora soy el orgulloso propietario de un inciensario, un porta palitos de incienso y de una bola de piedra de gran utilidad.

Salimos de allí en dirección a Agra, donde nos impresionó el hotel WIndham, así que decidimos ponernos los trajes y cenar como dos señores altamente satisfechos. El hecho de que tres indios nos pidieran hacerse una foto con nosotros no nos hinchió de orgullo. Qué va. Y que los demás comensales nos miraran anonadados tampoco. Cero.

A la mañana siguiente nos levantamos a las 5.30 para ir a ver el monumento por excelencia, el Taj Mahal, erigido como todo el mundo sabe por el Shah Jahan en honor de su tercera esposa, Mumtaz. Taj, corona y Mahal, palacio, ó la corona de los palacios dan buena idea de que esta gente además de saber construir, ya sabían de márketing a mediados del S. XVII. ¿Qué decir del Taj Mahal? Pues lo que se te ocurra y más. Es algo que simplemente, hay que ver, y no sólo a través de la pantalla. India ya merece la pena aunque sólo veas el Mausoleo y las dos mezquitas que lo flanquean.  Este monumento al amor de un hombre por su tercera mujer no solamente impresiona por su tamaño y por el detalle de cada uno de los grabados, las fuentes, la estratégica situación de cada uno de los arcos y de los jardines que hacen de este sitio un paraíso plagado de turistas, sino que además está muy bien conservado.

Tras varias horas de dar vueltas nos fuimos a reponer fuerzas al hotel y nos dirigimos al Agra fort, también del Shah Jahan y también patrimonio de la humanidad que sin dejar de ser impresionante, es de un estilo parecido al Fatepur Sikri, aunque la mezquita perla y la sala de audiencias siguen despertando el asombro del visitante.  La tumba de Akhbar el Grande (que no deja de ser curioso, porque Akhbar es el superlativo de grande, por lo que es la tumba del Más grande, el grande) aparentemente diseñada por él mismo, es otro complejo similar al Taj, aunque más pequeño, con un palacete-mausoleo central y tres  “medios palacetes espejos” a los laterales y trasera, con los 99 nombres de Allah inscritos es francamente impresionante (aunque esa palabra se me gaste de tanto usarla, lo sé). ¡Además tiene ciervos y conejos! El hecho de que no se pueda entrar con cigarrillos y que el guardia me pidiera propina inmediatamente después de hacérmelo notar fue la guinda del pastel.  Justo antes de salir vino la segunda liada de Ravi, ir a ver cómo se hacen las mesas de “marquetería” de mármol. Aunque por suerte esta vez sí fuimos capaces de escaquearnos, en parte porque mi maleta está muy llena y en parte porque a mí lo que me gustó fue una mesa para el jardín (que no tengo) de mi majestuosa villa (que tampoco tengo) frente a la piscina y las encinas y robles (que no se dan en Muscat).

Llegamos a Delhi dispuestos a pasar la noche y otra vez Eva nos había preparado un plan de fiesta: cena con la mitad de la comunidad española de Delhi en un tibetano y luego fiesta! Menos mal que el vuelo del día siguiente lo habíamos cogido para la una y media y no para las 8.30 como habíamos indicado antes.  De ahí luego salió la broma de Zaina, una marroquí que conocí en la primera fiesta, de que Diego y yo sólo veníamos a pasar la noche e irnos de fiesta a Delhi.

La segunda parte, tan pronto como vuelva la inspiración, incluirá la parte de Nepal, la propia visita a Delhi y consejos para viajar a India.

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Capítulo XII- La isla de Masirah

¡Uff, dos meses sin escribir! Creo que debo pedir disculpas. No obstante, no lo haré, porque han sido dos meses tan llenos de aventuras, de historias, de viajes, de conocer a gente y de aprender cómo funciona este país, que aparte de dar para varios posts, me han impedido por falta de tiempo tanto escribir aquí como dormir mis ocho horas (que se han ido paulatinamente convirtiendo en mis 7 y media, mis 7 y mis 6 y media). Así que como todo buen narrador, voy a empezar a contar estas aventuras por donde me parece más apropiado, es decir, por las más recientes: Masirah.

Antes de empezar, debo decir que S.M. el Sultán ha decidido por Decreto Sultaní (que es mucho más poderoso que el patrio Real Decreto) cambiar el fin de semana. A partir de ahora no tenemos el fin de semana “saudí”, es decir, jueves y viernes, sino el emirato-kuwaito-bahreno-catarí, es decir, viernes y sábados. Huelga decir que todos hemos acogido esta noticia con gran regocijo, en primer lugar porque así es como se deben acoger los buenos Decretos Sultanís, y en segundo porque eso permite organizar viajes con los compañeros, salir de fiesta los viernes (al final uno cansa de tanto juernes), hay más días de contacto con el resto del mundo y, especialmente, uno puede volver a amar las mañanas de los sábados sobre todos los demás días.

El fin de semana pasado tenía planeado hacer un viaje a un archipiélago llamado Musandam con unos amigos españoles que viven por estas tierras, pero por varias razones, el miércoles por la tarde me di cuenta de que no iba a haber tal viaje. Así que en una venada me puse en contacto con mi amiga de Masirah y le dije “oye… ¿Y si voy a verte? Aparte de llamarme loco e insensato, Mr. improvisación y señor último minuto, le hizo bastante gracia porque además resultaba que ella tenía libre el fin de semana. Así que la tarde-noche del miércoles nos dedicamos a averiguar cómo se llega desde Muscat a Masirah por carretera (recordemos que es una isla) y a descubrir que google no lo sabe todo ( el punto es unknown road). Tras darme muchas vueltas e investigar con los mapas (si, esas reminiscencias predigitales con forma de  papeles enormes con dibujitos) descubrimos cuales eran las carreteras y preparé la bolsa con lo necesario para pasar dos días allí.

Mapa

El jueves por la tarde, tras haber descubierto con fascinación que el invento que compré para poner música a través de la radio desde un pen drive sí que funciona, me puse en camino a las 5 de la tarde, saliendo de Muscat en medio de un intenso tráfico lleno de cobardes que huyen del “barullo” de la capital para relajarse el fin de semana. Una hora después estaba en Izki, pueblo famoso donde los haya por sus tres equipos de fútbol (los rojos, los azules y los naranjas), por sus palmeras datileras y porque tristemente era el final del tramo de autovía para mí. Cogí la carreterita, en magníficas condiciones y durante otras dos horas me dirigí a Sinaw, más o menos punto medio del periplo y donde aproveché para llenar el coche de gasolina, tomarme una coca-cola y dar un pequeño paseo por el zoco para estirar las piernas.

Salí de Sinaw por una carretera que nada tiene que envidiar a nuestras mejores caleyas llenas de pitos temiéndome que los 200 km que me quedaban iban a ser muy largos, pero afortunadamente me había confundido de camino, como me indicó el sorprendido hombre al que pregunté (los rumores dicen que el último coche que había pasado por allí había sido otro despistado como yo en el año 73). La carretera resultó ser buena y estar extraordinariamente vacía, así que en las 2 horas escasas que tardé en llegar a Shanna, la ciudad de cuyo puerto salen los ferris hacia Masirah, apenas si me encontré con 15 camiones. Disfruté del viaje como un enano, en parte porque mi “Perdigón”(bautizado así por mi hermana) y yo nos llevamos muy bien, y en parte porque durante los 200 km me dediqué a ahuyentar camellos y camelleros con mi bel canto. No puedo sino estar totalmente de acuerdo con aquella profesora que me instaba a que hiciera playback en el coro, y los camellos también.

La sorpresa mayúscula fue al llegar a Shanna y descubrir que el último ferry es a las 7 de la tarde, que lo más parecido a un hotel son unos baños públicos en el puerto y que tampoco hay transporte de personas durante la noche. Así que aparqué y me dispuse a disfrutar de mis magras provisiones (una garrafa de 5 litros de agua y medio paquete de cigarrillos) antes de pasar la noche. Como suele pasar, la innata bondad omaní vino a mi rescate, y al ir a preguntar a dos locales la hora a la que salía el primer ferry, estos me instaron a sentarme y cenar con ellos. Es en estos momentos cuando me sorprendo pensando en lo maravilloso que es este país, a pesar de las restricciones, la tranquilidad forzada, la falta de trato con mujeres y el calor aplastante. Sus gentes siguen siendo como niños que comparten su merienda si no tienes y te ayudan si te has caído, sin pensar en que “no tengo tiempo para esto”. Así que cené estupendamente con mis nuevos amigos Zabat e Ibrahím, que compartieron su pan, queso, patatillas, frutas, bebidas y pastelillos conmigo mientras charlábamos animadamente en árabe (ellos charlaban y yo lo intentaba, claro) y compartíamos historias de nuestras vidas. A eso de la una nos retiramos a dormir y a las 4 el ruido de los camiones embarcando me despertó, permitiéndome coger el ferry que salía a las 5 hacia la ya tan anhelada isla. No sé si habréis leído los cómics de El Jabato, pero Ibrahím tenía un extraordinario parecido con uno de sus compañeros, por lo que en mi mente se convirtió en Taurus, el gigante barbudo que le acompaña en sus aventuras.

Durante el trayecto Ibrahím sacó de su camioneta (digna de Mary Poppins) un camping gas, una tetera, agua, té, leche, azafrán y una especia llamada hill (o algo así), e hizo uno de los tés más densos y más ricos que recuerdo haber probado, con una tranquilidad y un tino que aparte de demostrar su práctica en tales menesteres, tenía algo de ritual mañanero de este moderno seminómada. Durante el viaje se unió al grupo del té un camionero pakistaní llamado Zaher que, aparte de dominar el inglés con mucha más soltura que los dos omanís (sabía decir barco y “you fun, spaní”), resultó un entretenido compañero de viaje con el que sí podía mezclar alguna palabra en inglés en mi pobre árabe.

Panorámica del abarrotado ferry Zabat y yo al amanecer Ibrahím, Aka Taurus, durante el tránsito a Masirah.

A las 7 40 llegué, tras 14 horas y 40 minutos, a pisar suelo masireno, y mi primera impresión fue “coño, esto está vacío”. Si Mascate sorprende al viajero por la separación entre las casas y la falta de planificación urbanística, el caso de Masirah lo lleva hasta el extremo. Cada cual, aparentemente, llega y planta su casa donde le da la gana. Claro que si algo sobra allí es tierra estéril y semidesértica, con sus 80 km de largo y 10, de media, de ancho. Tras dar un par de vueltas encontré el punto de reunión (uno de los dos bancos) y me reuní con mi amiga Shermarl. Esta chica filipina que trabaja de enfermera en el hospital público de la capital de la isla, Hilfi, me llevó a su casa y nos pusimos a charlar ante un buen desayuno de café, atún frito con cebolla y ajos (delicioso), arroz y verduras, y fue la mejor cicerone que un viajero pudiera desear. Como yo solamente tenía un día en la isla, decidimos salir a explorarla inmediatamente, sin siestas que me hubieran hecho perder la mañana (por muy tentadora que fuera).

Como la gran mayoría de vosotros sabéis, tengo bastante poca vergüenza a la hora de hacer las cosas (que no es lo mismo que ser un sinvergüenza), así que al ver un edificio muy bonito, decidí hacer un giro brusco y entrar a ver qué era, ante la atónita mirada de mi compañera de excursión. Resulta que ahora ella sabe que en su ciudad hay un club deportivo y yo pude satisfacer mi intriga al tratar de descifrar una hoja entera escrita en árabe que decía algo así como  “debido al cambio de fin de semana, el club permanecerá abierto los sábados por la tarde”. Seguimos camino y buscando una playa acabamos metidos en un poblacho que parecía la guarida de unos fabricantes de metadona y de la que, al vernos, salió disparada una beduina enfundada en su burqa (nada que ver con el modelo afgano) que nos invitó a té y dátiles y ante cuyo árabe beduino me gané un óscar a la mejor interpretación por “sii, claro que comprendo lo que estás diciendo… y es fascinante”. Nos vendió unos llaveritos tras tratar infructuosamente de que le compráramos un mantel y un cesto de mimbre y piel de cabra espantoso, y salimos de allí de vuelta a la carretera convencidos de que tenía que haber otra playa sin guardián.

La señora beduina mirándome con cara de ¿Qué hace este tio? El Masirah Sports Club

Y cuánta razón teníamos. A unos 20 km de allí empezamos a ver una playa de arena blanca con el agua de color esmeralda que quitaba el aliento. Bordeándola mientras buscábamos un acceso vimos que tenía más de 10 km de largo, y que estaba absolutamente vacía. Si hubiera tenido palmeras, seguramente sería el paraíso de alguna película americana de ladrones majos, pero como no tenía, no había un alma en lo que abarcaba la vista. Inmediatamente enfundado en el traje de baño, me zambullí en lo que probablemente sea el paisaje más extraordinario que he visto, con el agua transparente, kilómetros de arena blanca a un lado del horizonte y mar abierto al otro. Eso sí, el sol apretaba que daba gusto, así que después de aproximadamente 2 horas jugando en el agua, nos refugiamos en el aire acondicionado del coche al tiempo que aparecía un coche en la playa con dos turistas que luego supimos eran franceses.

Sher y yo tras el bañito La Playaboquiabiertos con el paisajeLa increíble playa con Perdigón

Cuál no sería nuestra sorpresa al ver que Perdigón, que tan bien había recorrido el camino a la ida, se quedaba atascado a la vuelta, así que saqué a los franceses del agua y les pedí ayuda, que amablemente nos prestaron para sacar el coche de la arena y volver a ponerle en el camino de tierra dura. Tras despedirnos de ellos nos dirigimos a comer a un hotel-resort que hay en la isla (una de las pocas concesiones al turismo que principalmente proviene del CCG) donde tras arreglarnos un poco en el baño nuestra pinta de turistas de domingo, nos dimos un homenaje de pescados a la parrilla que yo me tomé con ¡Una cerveza! Me costó mis 8 €, pero os aseguro que tras el calor y el sol del día, la disfruté como si fuera la última sobre la tierra.

Por la tarde sí se hizo necesario un poco de siesta, y tras una ducha de lo más original ( no funcionaba la alcachofa, así que había que rellenar un cubo e ir tirándose calderillos por encima), nos fuimos a la base militar donde unos amigos de Sher, filipinos también, habían preparado una pequeña fiestecita en honor del amigo español de Sher que se hace 1000 km para estar un día en la isla que incluyó una segunda cerveza (me quedé sin palabras al verla) y una tercera, y comida tradicional filipina como pollo al adobo (espectacular) y arroz con verduras. Además, tenían tiras de panceta  a las que nos lanzamos como desesperados. Conocí a dos americanos muy majos, uno de los cuales se va de vuelta de Masirah a California a estudiar efectos especiales para películas, uno de los filipinos me dio una soberana paliza a los dardos que devolví con el billar, hablamos de las fiestas en Europa, EE.UU., Filipinas y Omán y nos hicimos solemnes promesas de vernos si venían a Muscat hasta las 2, hora de volver a casa y dormir.

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Tras un par de vueltas por la mañana (nos levantamos a las 7), a las 11 salí hacia el ferry para volver a tierra, que salió una hora después entre gritos de alegría de los que conseguimos entrar y de rabia de los que se quedaron fuera tras una frenética lucha a la boca del barco, y cuya travesía dormí completamente. De hecho abrí el ojo cuando el barco, ya atracado, había dejado salir a todos los coches que yo tenía delante, y un empleado se dirigía hacia mí para despertarme. Al salir se presentó ante mí un espectáculo que me había perdido a la ida, las salinas de Shanna, enormes extensiones planas cubiertas de una capa de diamantes que brillaban espectacularmente al sol de mediodía omaní. Tras un viaje sin más incidentes que el cruce de la carretera por parte de unos camellos bastante independientes (a mi pregunta de ¿por qué cruzó el camello la carretera? me respondieron con un impertinente “¿cuándo dejaréis los humanos de preguntar por qué los animales cruzamos la carretera?” y un poco de calor ( en estos momentos adoro la falta de termómetro en el coche)  llegué a Mascate a las 7, y tras una ducha maravillosamente vertical me abracé a mi cama para recuperar las horas de sueño antes de volver a la oficina el domingo.

Por qué cruzó el camello la carretera? Dhows atracados en el puerto de Hilfi Cerrado por todos lados Estoy atrapado dentro del coche en el barco!Las salinas de Shanna EL vacío absoluto de la carretera La puesta de sol llegando a Muscar

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